De Rusia con amor: El arte de las rastas cruzó fronteras y encontró su lugar en Paraguay con Irina Karpova

Irina Karpova llegó a Paraguay junto con su marido luego de largos vuelos desde su ciudad natal llamada Orenburg, ubicada al sur de Rusia, aproximadamente 13.000 kilómetros de Paraguay (tomando Asunción como punto de referencia), sin siquiera haber pisado antes América Latina. Para la travesía, solo bastaron una intuición que nunca falla, muchas ganas de cambiar su vida y mirar maps para elegir destino. Así fue como Irina, hoy con 43 años, encontró el lugar perfecto para desarrollar su pasión que es la de crear rastas, trenzas y dreadlocks como verdaderas obras de arte.

Nunca había estado en América Latina. Abrieron el mapa, observaron los países del continente y eligieron Paraguay. Después de un año viviendo aquí, se dieron cuenta de que no se habían equivocado porque la gente es muy amable, el clima les encanta, la naturaleza es hermosa y, además, consideran que es el país más seguro de la región.

Irina construyó su emprendimiento llamado Irina Rastas desde cero en un mercado poco explorado, ya que en Paraguay las rastas naturales no son muy comunes y es un negocio aún poco desarrollado, algo que justamente le llamó la atención. Muchas veces debe explicar y mostrar a cada cliente los detalles del proceso, y la única barrera que encuentra es el idioma. Sin embargo, está en proceso de aprendizaje con un profesor de español, y esto no representa un impedimento, ya que su talento y dedicación hicieron que rápidamente su trabajo corriera de voz en voz, logrando que la clientela creciera todos los días.

Su pasión por las rastas surgió años atrás, cuando vio por primera vez a un joven que llevaba dreadlocks. Se enamoró de las rastas en ese momento, empezó a investigar, estudiar y terminó convirtiéndose en una maestra de este arte. Desde entonces, su habilidad con las manos se convirtió en un puente entre culturas, tejiendo no solo cabello, sino también historias, sueños, estilos y gustos. El costo de este servicio oscila entre G. 100.000 y G. 1.500.000.

Venir al país no estuvo exento de desafíos, pues el vuelo fue largo, duró dos días, y al principio no conocían el idioma. Sin embargo, destaca que los paraguayos son comprensivos, solidarios, hospitalarios y amables. Rápidamente encontraron una casa para alquilar y comenzaron a adaptarse en la capital del país.

Actualmente, Irina sueña con seguir creciendo alado de su marido y su mascota, la pequeña familia de 3 establecida en el país, todo con el objetivo de satisfacer las necesidades de sus clientes. Para quienes quieran rastas, solo deben agendar un turno, algo que ella valora mucho, ya que considera la puntualidad un aspecto esencial. Está instalada en Asunción y proyecta seguir muchos años en Paraguay, un país que ya siente como propio. "Eso, claro, si Paraguay me deja quedarme", afirmó.

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