Sebastián Peña: “Promover la cultura no es un gasto, sino una inversión en soberanía simbólica”

La película paraguaya Narciso, dirigida por Marcelo Martinessi, tuvo su estreno mundial en la última edición del Festival Internacional de Cine de Berlín (Berlinale), uno de los certámenes más importantes del planeta. La cinta, que marcó el esperado regreso del director tras el éxito de Las Herederas, compitió en la sección oficial, generando una gran expectativa en el ámbito cultural local e internacional.

Para conocer los detalles de este ambicioso proyecto, en una entrevista exclusiva con Sebastián Peña Escobar, productor ejecutivo de la película, se abordaron los desafíos, la trama y el significado de esta obra en el contexto actual.

¿Cómo fue el proceso de creación de Narciso?

Fue un viaje largo, de esos que te cambian la perspectiva. Con Marcelo [Martinessi] empezamos a conversar sobre este universo hace unos seis años, poco después del torbellino de Las Herederas. Producir cine desde Paraguay requiere una paciencia casi artesanal: no es solo filmar, sino construir las condiciones de posibilidad para que esa imagen exista. Entre el desarrollo del guion —inspirado libremente en la novela de Guido Rodríguez Alcalá—, la búsqueda de financiamiento en siete países y la postproducción en ciudades como Toronto, París y Lisboa, fue un proceso de maduración constante que hoy finalmente ve la luz.

¿De qué trata y en qué géneros se enmarca?

Es un drama con una fuerte carga de misterio, una suerte de thriller existencial situado en la Asunción de 1958. La trama sigue a Narciso, un joven que regresa de Buenos Aires con el rock and roll en las venas y se convierte en un símbolo de libertad en medio de un régimen militar asfixiante. Su muerte prematura dispara una pregunta que interpela a toda una sociedad: ¿quién lo mató? En el fondo, la película explora cómo el deseo y la libertad chocan de frente con el autoritarismo.

¿Qué tiene de diferente en comparación con los demás trabajos que hicieron con Marcelo?

Creo que Narciso es un paso hacia un cine de una escala técnica y visual mucho más ambiciosa. Si Las Herederas era una exploración íntima de puertas adentro, Narciso sale a la calle, reconstruye una época y dialoga con la memoria histórica de nuestro país de una forma más directa. Además, la complejidad de la coproducción fue mayor: pasamos de seis a siete países involucrados, lo que inyectó una dosis de multiculturalidad increíble al resultado final.

¿En qué momento de sus carreras aparece Narciso como obra?

Aparece en un momento de mayor madurez y, sobre todo, de mayor conciencia sobre la fragilidad de nuestras democracias. Como dijo Marcelo en la Berlinale, la película respira el miedo de una época oscura, pero es una memoria proyectada hacia el futuro. En un mundo que hoy tiende nuevamente a la polarización y a ciertos discursos autoritarios, contar la historia de alguien que fue perseguido por ser “diferente” es más pertinente que nunca. Es un recordatorio de que el silencio suele ser el mejor aliado de la opresión.

¿Cómo financiaron el proyecto?

Fue un “rompecabezas” de siete países, más de 20 fondos, cinco monedas y seis años. Logramos captar fondos públicos internacionales y apoyos de institutos de cine de Alemania, Francia, España, Portugal, Uruguay, Brasil, Holanda y Paraguay. Además, un pilar fundamental fue la contrapartida local: la alianza estratégica con el sector privado en Paraguay (marcas como Banco Itaú, Personal y Cervepar) y el apoyo del Instituto Nacional del Audiovisual Paraguayo (INAP), la Secretaría Nacional de Cultura, el Fondo Nacional para las Artes y la Cultura (Fondec), la Dirección Nacional de Propiedad Intelectual (Dinapi), Itaipú, entre otros. Es la prueba de que, cuando el Estado y el sector privado se alinean tras un proyecto cultural sólido, Paraguay puede jugar en las grandes ligas del cine mundial.

¿Consideras importante que los Estados promuevan la cultura?

Es vital. No es un gasto, sino una inversión en soberanía simbólica. Sin fondos públicos y políticas claras, películas como Narciso sencillamente no existirían. El cine es una de nuestras cartas de presentación más significativas al mundo; es la forma en que podemos decirles a otros quiénes somos, de dónde venimos, cómo pensamos y cómo sentimos. En Paraguay hemos dado un salto enorme con la creación y el financiamiento del INAP, pero debemos cuidar que estos procesos sean sostenibles y transparentes para que el desarrollo del cine paraguayo no se detenga.

¿Hay que ver el cine primero como industria y luego como arte?

Para mí, el cine es, ante todo, arte: una expresión esencialmente humana. Y, de alguna manera, el arte intenta abordar la experiencia de estar vivo, articulando formas de significación desembarazadas de sentidos estrictos. Bajo esta premisa, lo artístico siempre es lo primero. Si luego ese hecho artístico “coincide” con el mercado, genial: es un logro adicional.

Sin embargo, hay que señalar que la producción de cine es un proceso sumamente complejo. Requiere una contrapartida de conocimiento, experiencia técnica e infraestructura. Por eso, para que exista un cine de calidad que pueda sostener sus posibilidades poéticas, estéticas y críticas, es fundamental contar con una industria robusta que haga posible su producción y difusión en diferentes escalas. La industria —en el sentido de las capacidades técnicas y de la infraestructura— es fundamental para crear las condiciones de posibilidad del cine.

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