Sin embargo, unos días después, una persona del equipo hizo exactamente lo contrario a lo que habían trabajado. Sintió esa mezcla de frustración y cansancio que aparece cuando uno cree que está repitiendo lo mismo una y otra vez sin resultados.
Al terminar la reunión lo llamó aparte y le preguntó, intentando mantener la calma:
—¿Pero no vimos esto en el último entrenamiento?
La respuesta honesta fue:
—Sí… creo que sí vimos… Pero me olvidé… Perdón.
No fue falta de capacidad, sino algo mucho más común en las organizaciones: la información se escuchó, se entendió… pero no se volvió significativa.
Esa escena se repite más de lo que creemos. Líderes que preparan contenido con dedicación, que repiten procesos, que explican con paciencia… y semanas después sienten que todo vuelve al punto de partida. Entonces aparece el desgaste. La sensación de hablarle a la pared. El famoso “les entra por un oído y les sale por el otro”.
El problema casi nunca es el contenido, sino la intención.
Por eso, antes de preparar cualquier presentación o entrenamiento, hay una pregunta que cambia completamente el resultado: ¿para qué voy a decir esto?
Si la respuesta es “informar”, tal vez no hace falta una presentación. Un mail o un documento pueden cumplir esa función de manera más eficiente. Reunir personas solo para transmitir información genera desgaste, no transformación.
Pero si el objetivo es generar un cambio de mentalidad, de actitud o de comportamiento, entonces la preparación debería empezar por ahí ¿Qué quiero que hagan distinto después de escucharme? ¿Qué debería suceder cuando termine mi presentación?
Definir con claridad ese para qué ordena el mensaje. Evita la acumulación innecesaria de información y obliga a enfocarse en lo esencial.
La segunda herramienta es igual de importante: preguntarse por qué debería importarle a quien escucha.
¿Por qué eso que voy a decir debería importarle a mi audiencia? ¿Qué tiene que ver con sus desafíos reales, con sus miedos, con sus objetivos?
Muchas presentaciones están diseñadas desde la lógica de quien habla, no desde la realidad de quien escucha. Se explican procesos, indicadores o políticas sin conectar eso con los problemas concretos que la otra persona enfrenta todos los días. Y cuando algo no se percibe como relevante, simplemente se olvida.
Para que un mensaje se vuelva significativo necesita contexto emocional. Necesita mostrar consecuencias, ejemplos reales, pequeñas historias que permitan visualizar qué ocurre cuando se aplica aquello que se está mostrando.
Ahí es donde el storytelling estratégico cobra sentido. No por estar de moda, sino porque ayuda a que la información tenga emoción, conecte con quien escucha y aumente la recordación del mensaje. Las personas recuerdan la historia y, con ella, recuerdan la idea central.
No se trata de “hacerlo más entretenido”. Se trata de hacerlo más humano e intencional.
Y cuando esto no ocurre, lo que aparece no es solo ineficiencia, sino cansancio.
Ese cansancio silencioso de los líderes que sienten que repiten, explican y vuelven a explicar sin lograr que algo cambie de verdad. Que acumulan frustración y la sensación de estar invirtiendo energía sin ver impacto.
Por eso revisar la intención detrás de cada presentación no es un detalle menor. Tener claro el objetivo, ir más allá de informar, preguntarse por qué debería importarle a la audiencia y encontrar una historia que conecte el mensaje con algo real puede cambiar los resultados… y también la energía.
Y cuando la comunicación empieza a generar impacto, el liderazgo vuelve a sentirse liviano.