Ese es el caso de Derlis Muñoz, quien desarrolla un esquema productivo basado en planificación, escalonamiento y diversificación, con la papaya como eje central y el tomate como complemento estratégico. Actualmente, la finca cuenta con tres parcelas productivas, cada una de aproximadamente 50 por 70 metros, donde se distribuyen unas 400 plantas por lote, en distintas etapas de crecimiento.
El esquema permite sostener una oferta continua: mientras un sector se encuentra en etapa inicial, otro atraviesa la floración, un tercero desarrolla frutos y el último ya está en plena cosecha. En total, Muñoz maneja unas 1.200 plantas de mamón en campo, a las que se suman otras 1.000 plantas en vivero, listas para ser incorporadas al sistema productivo. “La idea es no cortar la producción y tener siempre fruta disponible”, explicó en entrevista con InfoNegocios.
En términos de precios, el contexto acompaña. Actualmente, el mamón se comercializa entre G. 3.000 y G. 4.000 por unidad en finca, dependiendo del canal de venta. A G. 3.000 se vende a intermediarios que abastecen supermercados, fruterías y verdulerías, mientras que a G. 4.000 se destina al programa Hambre Cero, que paga con plazos de entre 15 y 30 días. La diferencia responde tanto a las condiciones de pago como a la estabilidad que ofrece la demanda institucional.
El escenario de oferta restringida refuerza la tendencia alcista. Según el productor, en su momento las heladas registradas en zonas tradicionalmente papayeras, como San Pedro y Guairá, afectaron la producción y redujeron la disponibilidad de fruta en el mercado. “Ahora el mamón está en falta. En nuestra zona somos pocos los que estamos produciendo”, señaló, destacando que su finca no sufrió daños climáticos y logró mantener volumen.
La comercialización se concentra principalmente en Pedro Juan Caballero, donde el producto llega a través de intermediarios, casilleros y pequeños comercios, además del canal institucional. Esta diversificación de destinos permite reducir riesgos comerciales y mejorar la estabilidad de ingresos.
Desde el punto de vista productivo, la papaya ofrece ventajas para el norte del país. Se trata de una planta resistente a la sequía, que tolera bien las altas temperaturas y no requiere media sombra, ya que necesita abundante radiación solar para su desarrollo. “Es un cultivo que se adapta bien a nuestra zona”, resumió Muñoz.
A esto se suma un manejo con fuerte impronta sostenible. En la finca se prioriza el uso de insumos biológicos, como Bacillus subtilis y Beauveria, además de abonos orgánicos, estiércol de ganado y humus de lombriz. El objetivo es producir una fruta más saludable, reduciendo el uso de químicos y mejorando la calidad final.
El sistema se apoya además en infraestructura hídrica propia. La finca cuenta con un pozo semiartesiano y un tanque de hormigón de 22.000 litros, que permite garantizar riego en períodos de sequía y sostener el ritmo productivo.
El modelo se complementa con tomate, otro rubro que gana peso dentro del establecimiento. Actualmente, Muñoz tiene unas 5.000 plantas, próximas a cosechar, con una expectativa de 3 a 4 kilos por planta. La producción se realiza con riego por goteo, malla media sombra, camellones acolchados y manejo intensivo, incluso en verano.
Para el productor, la clave está en diversificar. “Muchos pequeños productores hacen solo sésamo y después hay problemas de precio por la sobreoferta. El mamón y el tomate son alternativas que hoy tienen buena salida comercial”, concluye.
En un contexto donde la agricultura familiar busca nuevos caminos de rentabilidad, la papaya gana terreno como un cultivo que combina adaptación climática, demanda firme y precios atractivos, abriendo una oportunidad concreta para el desarrollo productivo del norte.