Más allá del aspecto deportivo, la expansión representa una enorme oportunidad económica para la FIFA. Un torneo con 64 selecciones implicaría más partidos, más días de competencia, una mayor venta de entradas y más ingresos por derechos de televisión, patrocinios y paquetes de hospitalidad. Cada encuentro adicional significa millones de dólares en ingresos para el organismo y para las empresas vinculadas al evento.
El Mundial de 2026 ya demostró el potencial financiero del nuevo formato. Con 48 selecciones y 104 partidos, la FIFA registró ingresos de entre US$ 16.000 millones y US$ 17.300 millones, una cifra récord impulsada principalmente por la comercialización de derechos audiovisuales y acuerdos comerciales. A esto se sumó una asistencia histórica en los estadios, pese al fuerte aumento en el precio de las entradas.
Los boletos para la Copa del Mundo de 2026 oscilaron entre unos US$ 60 para algunos partidos de la fase de grupos y más de US$ 6.700 para la final, mientras que, en la reventa, varias localidades superaron los US$ 11.000. Pese al incremento, la demanda se mantuvo elevada y confirmó que el interés por el torneo continúa creciendo, incluso con precios muy superiores a los de ediciones anteriores.
Si la FIFA aprueba un Mundial con 64 selecciones, el impacto económico también alcanzará a las ciudades sede. Más equipos significan más aficionados viajando, una mayor ocupación hotelera, un incremento del consumo en gastronomía, transporte y entretenimiento, además de una actividad comercial que beneficiará a miles de empresas locales. Al mismo tiempo, los países organizadores deberán invertir más recursos en infraestructura, seguridad y logística para responder a la mayor afluencia de visitantes.
El Mundial de 2030 ya tendrá una organización inédita, con España, Portugal y Marruecos como sedes principales y partidos inaugurales en Argentina, Uruguay y Paraguay, en conmemoración del centenario del torneo. Una eventual ampliación permitiría distribuir más encuentros entre los países anfitriones, aunque también elevaría las exigencias organizativas y abriría el debate sobre el impacto deportivo de un campeonato cada vez más extenso.