Hoy, con 35 años, es conocido en Instagram como @pediatraenmoto y combina dos pasiones que, a simple vista, podrían parecer opuestas: la medicina pediátrica y los viajes de aventura.
“Yo comencé a andar en moto a los 32 años. Aprendí ya siendo grande”, cuenta. En enero de 2023 compró su primera moto. En marzo, apenas dos meses después, renunció a sus trabajos y se fue rumbo a Brasil. “Estaba muy cansado, estresado, trabajaba de lunes a lunes. Me estaba divorciando también y necesitaba rápidamente un reset”, reconoció.
Ese primer viaje duró 17 días. Cruzó a Curitiba, llegó a playas como Bombinhas, enfrentó tormentas y volvió distinto. “Ese fue el viaje que me ayudó a tomar un montón de decisiones buenas”, recuerda. En la moto, dice, uno está solo con sus pensamientos. “La cascoterapia es muy buena. Pensar en todo, analizar”. Para él, fue una forma de introspección profunda.
Pero la moto no es solo libertad. Es riesgo. Y él lo sabe mejor que nadie.
Se entrenó formalmente, se equipó con casco y protecciones de primer nivel y aprendió técnicas de conducción. Aun así, sufrió fracturas —tres costillas, un hombro y una rodilla— y vivió el golpe más duro: perdió a su mejor amigo en un accidente de moto. “La moto te puede dar mucho, pero es peligrosa”, admitió. Por eso insiste en la prudencia: “El que se sube a una moto no tiene que estar apurado”.
Medicina sobre ruedas
Después de aquel primer viaje, decidió que no quería elegir entre la medicina y la ruta. Quería unirlas. Así nació su proyecto como Pediatra en Moto, impulsado también por una alianza con la empresa Reimpex, que le permitió llegar a comunidades más alejadas.
En varias ocasiones recorrió el interior del país —desde el sur hasta zonas rurales remotas— llevando atención pediátrica gratuita. Avisaba que llegaría y la noticia corría rápido. “Yo atendía a 40 o 70 niños en una jornada de prácticamente 12 horas”, relató. En Paso Yobái, incluso le acercaron un bus lleno de chicos.
Las experiencias lo marcaron. “Es demasiado triste ver niños que nunca vieron a un médico pediatra o madres que todavía se van a parir con la partera empírica”, dice. Lugares donde, cuando llueve, los caminos de tierra quedan intransitables por días y salir se vuelve imposible.
La moto, paradójicamente, fue lo que le permitió comprender esa realidad desde adentro. “La mayoría de la población se transporta en moto. Vivir lo que ellos viven me impactó muchísimo”.
Sin embargo, su último viaje a Paso Yobái terminó con amenazas tras denunciar públicamente las condiciones precarias de la zona. Desde entonces, pausó ese tipo de recorridos, aunque no su vocación de impacto.
De Asunción a Ushuaia
El espíritu aventurero no se detuvo. Con un amigo —excompañero de bomberos— emprendió un viaje de un mes por la mítica Ruta 40, desde La Quiaca hasta Ushuaia. Casi 13.000 kilómetros atravesando tierra, viento y caídas. “Fue un viaje espiritual”, indicó. “La moto es una hermosa incomodidad”.
Hoy, además de ejercer como pediatra en su día a día —se mueve casi exclusivamente en moto por la ciudad—, proyecta nuevas acciones sociales. Esta vez, no solo médicas: junto a amigos planea pintar y reacondicionar una escuela rural. “Dar dignidad en las cosas más básicas ayuda mucho a la comunidad”, sostiene.
Su historia no es la de un influencer de viajes. Es la de un médico que, en medio de una crisis, encontró en el ruido del motor una forma de sanar. Y que entendió que, a veces, para volver a empezar, hay que animarse a acelerar.