Aunque para muchos pueda parecer una reacción pasajera, la especialista advirtió que este fenómeno puede tener un impacto significativo en el bienestar emocional, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes.
La psicóloga Rebeca Aguilera explicó que “el FOMO es una preocupación persistente por perderse experiencias sociales que se perciben como gratificantes, una sensación que se intensificó con el auge de las redes sociales. Es un fenómeno que ocurre de manera emocional, pero está totalmente involucrado con lo social. Lo social es lo que despierta estas emociones y sentimientos de preocupación”.
Según la profesional, aunque el concepto comenzó a mencionarse en el ámbito del marketing alrededor de 2004, fue a partir de 2013 cuando adquirió mayor relevancia debido al crecimiento de las plataformas digitales y la hiperconectividad.
Para Aguilera, el FOMO está estrechamente relacionado con la comparación social. A diferencia de generaciones anteriores, que tenían un acceso limitado a la vida cotidiana de otras personas, hoy basta con deslizar un dedo sobre una pantalla para observar viajes, logros, eventos o experiencias ajenas. “Antes no teníamos la posibilidad de compararnos o ver lo que hacía el otro tan fácilmente. Ahora, con un dedo, ya sabemos quién está viajando, estudiando o viviendo determinada experiencia”.
Esa exposición permanente puede generar la percepción de que los demás disfrutan una vida más interesante o satisfactoria, alimentando sentimientos de frustración, exclusión o insuficiencia.
“Escucho mucho esto en consultas clínicas, especialmente entre adolescentes y adultos jóvenes, quienes suelen manifestar malestar al ver que amigos o conocidos participan de actividades de las que ellos no formaron parte. Muchas veces aparecen comentarios como: ‘vi que estaban en tal fiesta y yo no fui’”, afirmó.
Aunque el FOMO no está considerado actualmente como un trastorno mental, Aguilera dijo que puede actuar como un factor desencadenante de problemas emocionales más complejos. “No es un trastorno en sí mismo, pero puede derivar en cuadros de ansiedad si la persona no desarrolla herramientas para manejarlo”.
Aguilera mencionó también un estudio realizado en Paraguay este año que analizó la relación entre el FOMO y la ansiedad social. “Los resultados mostraron que esta preocupación constante por no perderse experiencias puede alimentar o potenciar síntomas ansiosos. Lo que se observa es que, a mayor exposición y dependencia de las redes sociales, mayor vulnerabilidad existe para desarrollar ansiedad”, sostuvo.
A esto se suman conductas compulsivas relacionadas con la necesidad de mantenerse conectado. Revisar constantemente el celular, actualizar redes sociales de manera repetitiva o pasar más tiempo frente a las pantallas son algunos de los comportamientos más frecuentes.
“En lugar de disfrutar lo que estamos viviendo, estamos pendientes de lo que ocurre en la vida de otra persona. Vivimos tan conectados que muchas veces terminamos desconectados del presente. Uno termina creyendo que su vida es aburrida y que la del otro es perfecta, cuando en realidad está viendo solo una parte de esa historia”, resaltó.
Aguilera recomienda desarrollar una relación más consciente con la tecnología y las redes sociales. El primer paso consiste en identificar cuándo aparece esta sensación de comparación o insatisfacción y preguntarse qué emociones está generando.
“Es importante detenerse y pensar qué cosas valiosas existen hoy en nuestra vida: una amistad, una comida compartida, una meta alcanzada o simplemente un momento agradable. Reconocer eso nos ayuda a reconectarnos con el presente”, puntualizó.