Los primeros antecedentes del rock nacional se remontan a mediados de los años 60. Influenciados por el auge internacional del género y por el jazz que ya sonaba en Paraguay, comenzaron a aparecer grupos como Los Rebeldes, considerados los primeros en grabar material propio, además de Los Búfalos y músicos como Alcides “Alcy Rock” Parodi.
Durante la década del 70, la escena permaneció prácticamente oculta. La falta de espacios para tocar, las escasas posibilidades de grabar y el control ejercido por la dictadura obligaban a los músicos a desarrollar su trabajo de manera casi artesanal.
Mario Ferreiro, comunicador y DJ, recordó que “Chester Swann, Roberto Thompson, Riolo Alvarenga, Alcides Parodi, Cacho Sanabria, Justi Velázquez, Toti Morel y Jorge Cáceres fueron los primeros que se animaron a crear temas propios o participar de composiciones colectivas del rock nacional”.
Para el productor audiovisual y gestor cultural Luis Bogado, director del documental Sobrevive la música, hacer rock en aquella época implicaba mucho más que formar una banda.
“Era enfrentarse a la falta de espacios y medios, y sobre todo desarrollar algo nuevo en un contexto de dictadura que intentaba censurar cualquier expresión cultural que no respondiera a las llamadas buenas costumbres”, explicó.
Los ensayos se realizaban con recursos mínimos y grabar un disco parecía una meta inalcanzable. Los conciertos dependían casi exclusivamente del esfuerzo conjunto entre músicos y amigos.
“Para muchos jóvenes, el rock representaba una forma de conectarse con lo que estaba ocurriendo en el mundo y, para quienes tenían una mirada más ideológica, era un espacio de libertad y también una forma de rebeldía”, afirmó Bogado.
Sin una industria musical detrás, fueron la perseverancia y la convicción las que mantuvieron vivo al movimiento. “El rock paraguayo sobrevivió porque hubo personas que insistieron en hacerlo existir. No porque hubiera una gran estructura apoyándolo”, resumió.
Ese compromiso encontró uno de sus momentos más importantes en 1983, con la publicación de Música para los perros, de Pro-Rock Ensamble, considerado por buena parte de la escena como el primer LP íntegramente de rock paraguayo. Aunque existen distintas posiciones sobre cuál fue realmente el primer disco del género, Bogado considera que este álbum marcó un antes y un después.
“La diferencia estaba entre una banda contratada para amenizar una fiesta y otra que proponía que el público asistiera a escuchar sus propias composiciones. Ahí radica la importancia simbólica de Música para los perros”, dijo.
Además de convertirse en un hito cultural, el disco inauguró una forma de producir música que continúa vigente: proyectos independientes, financiados por los propios artistas y alejados de las lógicas comerciales tradicionales.
Durante los años 80 y, sobre todo, en los 90, la escena experimentó un crecimiento sin precedentes. Ferreiro identifica esa etapa como la época dorada del rock paraguayo, impulsada por la aparición de los primeros grandes festivales y el trabajo de sellos como Kamikaze Records, liderado por Willy Suchard.
Bandas como Nash, Onda Corta y Alberto Rodas comenzaron a consolidar un discurso propio, mientras discos como Radio Fábula, de Gaudí, y el fenómeno de Paiko acercaron el rock a un público mucho más amplio.
Con el cambio de siglo llegaron festivales que terminaron de consolidar el movimiento. Para Bogado, eventos como Quilmes Rock y, especialmente, Pilsen Rock demostraron que las bandas paraguayas podían ocupar el mismo escenario que artistas internacionales y convocar a miles de personas.
Sin embargo, Bogado considera que la escena actual incluso logró superar aquella etapa. “Hoy existen festivales como Asunciónico o Reciclarte, donde conviven generaciones de artistas nacionales y, en muchos casos, las bandas paraguayas movilizan tanto o más público que los invitados internacionales”.
“El rock paraguayo ya no necesita parecerse a nadie. Durante mucho tiempo miró hacia afuera, pero con los años encontró su propia voz”, reflexionó Bogado.