Advierten que a medida que las herramientas de IA se vuelven más accesibles y sofisticadas, también lo hacen los ataques. Ya no se trata solo de correos falsos mal escritos o intentos burdos de fraude. La IA está haciendo que las estafas sean más personalizadas, creíbles y difíciles de detectar, incluso para organizaciones con experiencia en gestión de riesgos. La suplantación de identidad, los deepfakes de voz o video y los ataques automatizados a gran escala empiezan a formar parte del “nuevo normal” del entorno digital.
En este escenario, emerge una carrera estratégica entre atacantes y defensores. Los primeros utilizan inteligencia artificial para detectar vulnerabilidades, adaptar malware en tiempo real y lanzar campañas simultáneas contra miles de objetivos. Los segundos, en tanto, recurren también a la IA para anticipar fallas, detectar anomalías y responder más rápido. El problema es que no todas las empresas avanzan al mismo ritmo. Aquellas que siguen dependiendo de procesos manuales o defensas tradicionales quedan cada vez más expuestas.
Un dato relevante del informe es que el ransomware, una de las amenazas más temidas por su impacto financiero y reputacional, muestra señales de debilitamiento entre pequeñas y medianas empresas. La mejora en copias de seguridad y detección temprana redujo el éxito del cifrado de datos en este segmento. Sin embargo, las grandes organizaciones siguen siendo objetivos atractivos: sus redes complejas, múltiples accesos y mayor capacidad de pago juegan a favor de los atacantes.
Moody’s también advierte sobre vulnerabilidades crecientes en el ecosistema cripto y en la computación en la nube. En el caso de los activos digitales, el aumento del robo de criptomonedas expone fallas tanto técnicas como operativas, especialmente en plataformas que priorizan velocidad sobre controles de seguridad. En paralelo, las recientes interrupciones en grandes proveedores de nube dejaron en evidencia que una falla —aunque no sea maliciosa— puede generar efectos sistémicos con impacto directo en ingresos, operaciones y confianza.
A esto se suma un desafío regulatorio. A nivel global, las normas de ciberseguridad avanzan de forma desigual