Para Andrea Sosa, ingeniera ambiental y activista, “vestir es un acto político y ambiental, no solo social”. Este modelo extractivo no solo consume recursos naturales, sino que precariza la mano de obra y externaliza impactos: “El problema tiene que ver con la escala y la velocidad. Agua, energía, suelo y personas son tratados como insumos descartables”.
Impactos ambientales y sociales
En Paraguay, los efectos ya son visibles. Sosa mencionó que “arroyos urbanos, como en Lambaré en 2016, fueron afectados por descargas de tintes textiles, especialmente de vaqueros”.
Contaminación de arroyo en Lambaré en el año 2016.
A nivel global, la acumulación de ropa descartada en sitios como el desierto de Atacama afecta a ecosistemas y comunidades cercanas. Los residuos sintéticos liberan microplásticos que contaminan ríos y cuerpos de agua, mientras que la quema de residuos generan gases que profundizan la crisis climática.
Adriana Alderete, consultora ambiental y especialista en moda sostenible, complementó la visión con datos: “La industria textil representa alrededor del 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, consume grandes cantidades de agua y genera más de 92 millones de toneladas de residuos textiles cada año”. La producción de fibras sintéticas y los procesos de teñido liberan químicos que afectan el agua y el suelo, mientras la corta vida útil de las prendas aumenta la acumulación de basura textil.
La contradicción de la moda sostenible
Alderete aclaró que la sostenibilidad no depende solo de materiales “eco”. “Si una marca produce grandes volúmenes de ropa, sigue contribuyendo a la cultura del consumo desmedido”. Materiales reciclados, biodegradables o técnicas de teñido sin agua ayudan, pero “para que la moda sea verdaderamente sostenible, el modelo de negocio debe cambiar hacia una producción más lenta y consciente”.
Sosa coincidió: “Hablar de moda sostenible dentro del modelo de producción masiva es una contradicción”. Alternativas como segunda mano, reparación o intercambio existen, pero siguen siendo marginales frente al ritmo del fast fashion.
Responsabilidad compartida y cambios necesarios
Sosa explicó que “el consumo ocurre dentro de un sistema que empuja a comprar para pertenecer, para ser aceptadas, para responder a mandatos estéticos”. Las redes sociales y la publicidad refuerzan la sobrecompra, creando una cultura de usar y tirar.
Alderete añadió: “El consumidor tiene un papel importante, pero las grandes marcas son responsables del modelo de negocio. Las decisiones de compra informadas pueden obligarlas a adaptarse”. Ambas coinciden en que los cambios estructurales son esenciales: control de vertidos industriales, regulación del residuo textil, responsabilidad extendida de marcas y protección de agua y suelo como bienes comunes.
Hacia un consumo consciente
A pesar del impacto, hay señales de cambio. Las nuevas generaciones muestran mayor interés por el consumo responsable, apoyando la moda ética, la reutilización de prendas y la compra de segunda mano. Sosa recomendó: “Consumir lo local siempre reducirá los impactos: optar por ‘Industria Paraguaya’, reutilizar y cuidar nuestras ropas”.
Alderete resaltó que la innovación y la economía circular son claves: diseñar para el reciclaje, implementar procesos sostenibles y fomentar modelos de negocio más lentos y conscientes son pasos fundamentales hacia un sector textil ético y ambientalmente responsable.
En pocas palabras, el fast fashion no es solo un problema ambiental, sino también social y ético. Vestir, como recuerdan las especialistas, es un acto político y ambiental que refleja nuestras decisiones de consumo y el impacto de una industria que necesita transformarse urgentemente.