Ambos estaban en lo correcto. No existe una intención de destruir, sino un compromiso ineludible con el desarrollo. El desarrollador actúa movido por un deber fiduciario. Es el mandato sagrado de quienes confían su capital en él para multiplicar recursos. En el ecosistema de los negocios la verdadera bondad reside precisamente en eso, transformar recursos limitados en valor multiplicado.
El problema es que nuestro sistema actual nos obliga a elegir entre la lealtad al inversor y la preservación del entorno. Si dejar un árbol implica sacrificar superficie construible, la ordenanza está castigando el cumplimiento del deber. Hoy, bajo la lupa del grado de inversión, Paraguay debe ofrecer activos que cumplan con estándares globales de sostenibilidad. En este nuevo escenario, un entorno arbolado no es solo estética, es competitividad pura.
El espejo internacional
En las grandes ligas del desarrollo inmobiliario la naturaleza es un activo financiero con valor real.
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Singapur y el Bonus de Edificabilidad: Los desarrolladores que preservan el patrimonio forestal reciben metros cuadrados adicionales en altura. El árbol se convierte en el ticket para construir un piso más. Es un incentivo directo que alinea el beneficio privado con el interés de la comunidad.
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Curitiba y la Transferencia de Potencial. Aquí el verde tiene liquidez inmediata. Si un terreno debe preservarse, el municipio otorga certificados de construcción que el dueño puede vender a otros desarrolladores. El patrimonio forestal se transforma así en un activo financiero real.
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Nueva York y la gestión privada. El sector privado asume el mantenimiento de espacios públicos a cambio de beneficios impositivos. Esto permite que el entorno mantenga un estándar de excelencia superior y eleva la plusvalía de toda la zona de influencia.
El liderazgo de los macrolotes
En Asunción la herramienta para este cambio son los desarrollos de gran escala. Especialmente a través de los macrolotes (terreno de más de 1.440 m2) el sector privado tiene en sus manos el timón del futuro urbano. El propietario de un terreno de gran metraje tiene hoy la capacidad de proponer alianzas estratégicas a la Municipalidad. No es pedir un favor, es proponer soluciones disruptivas que aseguren la rentabilidad.
Los proyectos que integran el paisaje existente alcanzan precios de venta superiores y reducen drásticamente la carga térmica del edificio. Un desarrollo a gran escala no es solo un edificio, es un pedazo de ciudad que se transforma para siempre.
Hacia una Asunción de clase mundial
Aspiramos a una Asunción sofisticada y de estética sobria, donde el diseño de vanguardia no compita con el lapacho, sino que lo abrace. Imaginamos una ciudad donde el respeto por el entorno sea el sello de distinción de todas nuestras desarrolladoras. Queremos una "ciudad jardín" que sea tanto un refugio para el ciudadano como una garantía de valor para el inversor.
Si logramos alinear los incentivos municipales con la visión y deber del desarrollador, el tajy dejará de ser un costo para convertirse en el motor de una rentabilidad superior. El lujo del futuro en Asunción no serán solo láminas gigantes de blindex o el mármol travertino. El verdadero lujo será la sombra y el aire que solo nuestra vegetación puede darnos. Al final del día, el mejor negocio es construir la ciudad en la que todos queramos vivir.