Desde la entrada, una imponente columna marca el inicio de la experiencia. Su base, adornada con la flor del mburucuyá, enmarca el diálogo eterno entre un sacerdote jesuita y un guerrero guaraní, unidos por la hostia y envueltos por la planta que asciende hasta coronarse con el busto de San Ignacio de Loyola.
Aquí, la simbología habla sin palabras: espiritualidad y fuerza se abrazan en un mismo eje.
En el frontis, la escultura “Raza Mestiza” retrata la unión de europeos y guaraníes, bendecida por la Santísima Trinidad y escoltada por Santa Rosa de Lima y San Ignacio. El mestizo, en el centro, es testimonio vivo de un encuentro que cambió para siempre la historia cultural de la región.
Cada paso en el recorrido nos llevó a un nuevo relato. Entre los murales, uno de los más conmovedores representa la flor de mburucuyá como metáfora de la Pasión de Cristo, con sus 12 pétalos en alusión a los apóstoles y la corona de espinas en su centro. Otros capturan la vida cotidiana: la caza, la agricultura, la música, el deporte y las celebraciones religiosas que marcaron la vida en las reducciones.
El arte no se limita a las paredes. Junto a un antiguo pozo de más de 400 años, un gigantesco rosario recuerda que la fe acompañaba cada labor diaria, mientras “Los Orantes” reúnen a la Virgen del Rosario y a guaraníes en plegaria, reviviendo la costumbre de agradecer al final de la jornada.
Uno de los puntos que más llama la atención es la historia de la gran jardinera de concreto, ornamentada con dibujos guaraníes. Sus líneas geométricas y figuras animales narran la conexión profunda de este pueblo con la naturaleza, los ríos y los ciclos del sol y la luna. Más que un adorno, es un libro abierto de su cosmovisión.
El Cristo Resucitado, acompañado de San Roque González de Santa Cruz, San Juan del Castillo y San Alonso Rodríguez, concentra las miradas y recuerda el sacrificio de los mártires jesuítico-guaraníes. A su alrededor, los murales se suceden como capítulos de una crónica visual, desde la fundación de pueblos hasta la expulsión de los jesuitas.
Visitar el Museo MUVA no es solo caminar entre esculturas y murales: es atravesar un puente entre pasado y presente, entre lo terrenal y lo divino. Cada obra es una invitación a detenerse, observar y comprender que, en San Ignacio Guazú, la historia no duerme: respira en cada rincón.