¿Hasta qué punto exigirse ayuda? Cuando el perfeccionismo comienza a afectar el bienestar

(Por BR) Buscar hacer las cosas bien puede ser una herramienta para crecer, mejorar el desempeño y alcanzar objetivos. Sin embargo, cuando la exigencia se transforma en una búsqueda constante de perfección, puede terminar afectando el bienestar y la capacidad de disfrutar los propios logros. Según Nicolás Palomino, psicólogo, la diferencia está en cómo una persona se relaciona con sus resultados, sus errores y aquello que realmente puede controlar.

“El perfeccionismo deja de ser una herramienta de crecimiento y afecta nuestro bienestar cuando no encontramos satisfacción en lo que estamos haciendo y cuando nos centramos más en la forma en la que hacemos algo que en el resultado”, explicó.

Según el especialista, esto no implica promover la mediocridad ni conformarse con cualquier resultado. Por el contrario, se trata de preservar el amor propio y construir una autoestima saludable. Una persona puede haber realizado un buen trabajo y, aun así, quedarse atrapada pensando que no lo hizo de la manera correcta.

En ese punto aparece la autoexigencia excesiva. El problema no necesariamente está en querer mejorar, sino en no ser capaz de reconocer los avances. “De repente hiciste un muy buen trabajo, pero no te gustó la forma en la que lo hiciste y el resultado estuvo. Si yo me sigo castigando después de esto, quizás no sea lo más productivo seguir con este tipo de conducta”, sostuvo Palomino.

Para el psicólogo, una persona exigente busca cambiar, aprender y mejorar, pero también puede reconocer cuándo logró un avance y cuándo su desempeño necesita ajustes. La autoexigencia excesiva, en cambio, funciona bajo una lógica diferente: nunca parece haber un resultado suficientemente bueno.

Incluso cuando otras personas reconocen el esfuerzo o el trabajo realizado, quien vive desde una exigencia desmedida puede concentrarse únicamente en aquello que salió mal o en lo que todavía falta. El resultado es una relación poco saludable con el propio desempeño. “Se pasa a ser básicamente esclavo del proceso, pero nunca realmente se siente a gusto con sus resultados”, señaló.

Una autoexigencia saludable permite aceptar que algo no salió como se esperaba sin convertir ese resultado en un motivo de culpabilidad o autocastigo. La persona puede analizar qué ocurrió, buscar soluciones y pensar en cómo hacerlo mejor la próxima vez, pero sin desvalorizarse por el error.

Uno de los caminos para desarrollar una mayor tolerancia al error consiste, precisamente, en entender qué ocurrió y qué se puede aprender de esa experiencia. Palomino plantea comenzar por una pregunta fundamental: ¿hasta qué punto tenemos responsabilidad y control sobre una situación?

A partir de ahí, propone analizar si el problema estuvo en la idea inicial, en la ejecución, en una expectativa demasiado alta o demasiado baja. Este ejercicio permite transformar el error en información útil para futuras decisiones, en lugar de convertirlo automáticamente en una prueba de incapacidad.

También es importante reconocer que no todos los desafíos pueden resolverse individualmente. Cuando una actividad supera nuestras capacidades actuales, recurrir a una red de apoyo o a personas con intereses similares puede ser una estrategia para alcanzar mejores resultados.

La necesidad permanente de control también puede convertirse en una fuente de estrés. Una persona obsesionada con alcanzar la perfección puede terminar preocupándose incluso por factores que están fuera de su alcance. “Hay cosas que escapan a nuestra posibilidad, escapan a nuestra responsabilidad, y no deberíamos hacernos cargo de ellas”, afirmó.

Las expectativas de otras personas, sus decisiones o determinados acontecimientos externos son ejemplos de situaciones que no siempre pueden ser modificadas. Palomino utiliza una situación cotidiana para explicarlo: si una persona llega tarde al trabajo porque el tránsito o el clima hicieron imposible llegar a tiempo, puede pensar en salir antes la próxima vez, pero no necesariamente debería castigarse por aquello que no podía controlar.

Reconocer esos límites puede ser importante para reducir el estrés y las reacciones de ansiedad asociadas a la búsqueda permanente de perfección. Para el especialista, la clave está en optimizar aquello sobre lo que sí se tiene capacidad de decisión e influencia, sin convertir cada resultado imperfecto en un motivo para sentirse menos capaz.

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