En Pinasco, González Martí construye un relato íntimo atravesado por la memoria, la migración y el vínculo con el río Paraguay. El cortometraje nació en el marco de la beca del seminario Atravesar el río, impulsado por Silencio Lab bajo la tutoría de Paz Encina, un proceso creativo que invitaba a pensar historias ligadas al río como territorio físico y simbólico. Para el director, el río no es solo paisaje: es una constante vital. Nacido en Concepción y migrado luego a Asunción —ambas ciudades ribereñas—, su cosmovisión siempre estuvo marcada por esa presencia que delimita, acompaña y, muchas veces, define la vida cotidiana.
“Uno ejerce mucho su vida en función del río inconscientemente. Muchas veces acá en Asunción se dice que se le da la espalda al río; yo creo que realmente se le da la espalda, pero igual el río permea en nosotros de alguna manera. Entonces, más que nada, fuimos explorando qué relación tenía con el río y llegué a la conclusión de la migración. Yo viajé de una ciudad con costa al río a otra ciudad con el mismo río encima, y lo relacioné con la historia de mi mamá también, que ella era de Puerto Pinasco, un pueblo que está sobre el río Paraguay, mucho más al norte, en la zona del Chaco. Ella también tuvo que migrar, pero emigró a Concepción. Y ahí realmente entendí”, relató Mario.
A partir de ese relato heredado, el cortometraje explora el sentimiento de desarraigo: la sensación de no pertenecer del todo ni al lugar que se deja ni al que se llega. Lejos de reconstruir el espacio físico, González Martí opta por trabajar desde la memoria y el recuerdo, entendiendo que Pinasco, tal como vive en el relato materno, ya no existe más que en capas de recuerdos, dibujos y palabras. “Ese sentimiento de desarraigo, que es muy fuerte, es el que yo quise explorar con Pinasco, y es un sentimiento que también sé que mi mamá tiene; siempre la escuché hablar de eso”, resaltó.
“Decidí trabajar la construcción de Pinasco a partir de la memoria de mi mamá, de las veces que ella me contaba sobre el lugar. Increíblemente, eso me llevaba a mi infancia. Es como una memoria en capas: mi mamá recordando Pinasco y yo recordando Concepción y mi infancia a través de las historias de mi mamá sobre Pinasco. Entonces, me pareció mucho más rico poder trabajar desde ahí”, agregó Martí. El corto dialoga así con procesos migratorios que siguen marcando a Paraguay y a la región, y encuentra eco en espectadores que reconocen en la historia fragmentos de sus propias experiencias familiares. Pinasco ya pasó por el Festival de Documentales de Bogotá (MIDBO) y por muestras en Argentina, y tendrá una proyección en el Festival La Perla, en Concepción, en lo que será la primera edición de este evento cinematográfico en la ciudad natal del realizador.
Desde otro registro, Bolero Rojo propone una exploración intensa sobre el miedo, los prejuicios y la construcción de identidad. El cortometraje, dirigido por Ángel Molina, tendrá su estreno internacional el próximo 31 de enero en el Festival Internacional de Cine de Róterdam (IFFR). Coproducido entre Paraguay, Nicaragua y Francia, con participación de Suiza y Noruega, el proyecto refleja además una apuesta sólida por la colaboración internacional.
La trama sigue a una cantante drag queen que se prepara para un show cuando su novio le confiesa que es VIH positivo. Aunque la reacción inicial parece serena, los miedos y estigmas emergen en escena, revelando una lucha interna que atraviesa toda la noche. Gerardo Báez, protagonista del corto, destacó que el proceso de construcción del personaje fue complejo y profundamente interpelador.
“Bolero Rojo llega en un momento en el que yo tenía que reafirmar ciertas cosas sobre mi camino, como artista sobre todo, y creo que llega de una manera amena pero abrupta, porque me hace tomar decisiones, me hace ver por dónde quiero realmente ir. Ya desde el momento uno había una valoración por la historia, por el equipo, por Ángel como director, porque era como decir: ‘por acá quiero ir’, estas son las posturas que quiero tomar”, recordó Báez.
Ángel Molina abordó una temática sensible, evitando miradas superficiales y apostando por una narrativa honesta. Para Gerardo, volver a trabajar con el director luego de varios años fue toda una experiencia, marcada por una madurez compartida y una visión clara sobre el tipo de historias que desean contar: relatos que incomodan, invitan a reflexionar y colocan temas urgentes en el centro del debate.
La interpretación implicó un desafío personal, especialmente al encarnar a un personaje drag sin pertenecer a esa comunidad. No obstante, Báez subrayó la confianza generada por el equipo y la mirada auténtica del director, quien conoce de cerca ese universo. “Había una responsabilidad de no tratar el tema de manera vaga o superficial. Fue un redescubrimiento, porque llega al final a una conclusión bastante linda. Ese proceso del miedo, de enfrentarse a ciertos estigmas, me tocó un poco de cerca también, por la comunidad en sí. Era ponerme en la piel de la persona, de la historia. Ángel tenía una visión bastante clara, pero sobre todo bastante libre; siempre nos escuchábamos mutuamente. Yo tenía una duda y le dije: ‘yo no soy drag, espero poder interpretarlo de una manera honesta’, y él me dijo: ‘te está dirigiendo una persona que sí es drag, así que quedate tranquilo’”, detalló Báez.
La recepción del público en las primeras proyecciones fue positiva y reflexiva. Bolero Rojo logró generar identificación, pensamiento crítico y conversaciones necesarias. Para Báez, el valor del cortometraje reside justamente en su capacidad de poner estos temas sobre la mesa desde el cine, no para dar respuestas cerradas, sino para abrir un espacio de reflexión colectiva.