Uno de los principales diferenciales del cultivo de guayaba es su capacidad de producir más de una cosecha al año. A diferencia de otros frutales, la guayaba se maneja principalmente mediante poda, lo que permite organizar la producción y obtener fruta en ciclos relativamente cortos. “Vos podás hoy y en 120 a 180 días ya estás cosechando nuevamente”, explicó Yorg. Esto abre la posibilidad de escalonar la poda por sectores y lograr oferta de fruta prácticamente todo el año.
En términos de productividad, los números son contundentes. En el caso de la guayaba nativa, orientada principalmente a la industria, los rendimientos pueden ubicarse entre 100 y 150 toneladas por hectárea, siempre que se trabaje con buen manejo del suelo y una poda adecuada. Esta variedad, de fruto pequeño, no está pensada para consumo de mesa, pero resulta ideal para la elaboración de jugos, compotas, mermeladas y dulces, donde el tamaño no es una limitante.
Pomelero trabaja actualmente con cuatro tipos de guayaba: la nativa, la tailandesa, la paluma y la morada. Entre ellas, la guayaba paluma se destaca como una de las más aptas para consumo en fresco, con frutos que pueden alcanzar los 200 gramos, mayor tamaño, mejor presentación y mayor aceptación en el mercado de mesa. “Ahí ya hablamos de otra lógica comercial, donde entran en juego la poscosecha y la estandarización del fruto”, señaló.
Además de su rendimiento, la guayaba ofrece un alto valor nutricional, un aspecto cada vez más valorado por la industria. Su contenido de vitamina C es entre cuatro y siete veces superior al de la naranja, lo que la posiciona como una materia prima interesante para jugos, concentrados y productos funcionales. A esto se suma su versatilidad gastronómica, desde preparaciones industriales hasta el clásico dulce de guayaba, base del tradicional postre vigilante.
No obstante, el cultivo no está exento de desafíos. El principal problema sanitario es la mosca de la fruta, una plaga que afecta a la guayaba y a otros frutales como el mango. Según Yorg, no existe un control químico que elimine completamente el problema, por lo que la clave está en el manejo preventivo. “La plaga aparece cuando se dan las condiciones: suelos pobres, árboles sin poda y plantas debilitadas”, explicó.
Entre las prácticas recomendadas se destacan la fertilización del suelo, la poda para mejorar la entrada de luz y la circulación de aire, y la instalación de trampas biológicas. Estas pueden elaborarse de forma sencilla, utilizando botellas con melaza o vinagre que, al fermentar, atraen a la mosca y reducen su presencia en el cultivo. También se emplean trampas visuales con colores específicos, como amarillo o azul, que atraen distintos tipos de insectos sin recurrir a químicos.
Otra ventaja del cultivo es su rusticidad. La guayaba es una planta resistente, bien adaptada al clima paraguayo y con buena respuesta incluso en sistemas productivos de menor escala. Esto la convierte en una opción accesible tanto para productores que buscan diversificar como para aquellos que apuntan a volúmenes industriales.
Con rendimientos altos, ciclos cortos y múltiples usos industriales, la guayaba vuelve a captar la atención del sector productivo. El desafío, coinciden los especialistas, pasa por ordenar la producción, mejorar el manejo técnico y avanzar hacia una mayor estandarización, pasos clave para que esta fruta tradicional se consolide como un negocio frutícola con proyección.