Del tambo al valor agregado: el dulce de leche de cabra busca su lugar en el mercado

(Por SR) La producción caprina comienza a ganar visibilidad en Paraguay de la mano de pequeños emprendimientos que apuestan por el valor agregado, la formalización y la atención a un consumidor específico. En ese camino, el dulce de leche de cabra aparece como uno de los productos más escasos del mercado local, pero también como uno de los más prometedores dentro de un segmento vinculado a la salud, la intolerancia alimentaria y la búsqueda de alimentos funcionales.

Uno de los casos más representativos es el de Amaltea, una granja familiar ubicada en Yaguarón que lleva siete años desarrollando un tambo caprino desde cero. El proyecto comenzó con apenas 10 cabras y hoy cuenta con un plantel de entre 120 y 130 animales de una misma raza lechera, alcanzando una producción aproximada de 1.000 litros de leche por mes. La empresa se formalizó como SRL hace dos años y recientemente logró alcanzar el punto de equilibrio, un hito clave para una microindustria alimentaria.

El modelo de Amaltea está centrado en la elaboración de derivados: leche pasteurizada, yogur, queso y, de manera puntual, dulce de leche de cabra. Este último no se produce de forma continua ni masiva, sino exclusivamente a pedido. La razón es clara: la mayor parte de los clientes consume estos productos por necesidad y no por preferencia gastronómica. Según explican desde la firma, cerca del 90% de la demanda proviene de personas con intolerancia a la lactosa, alergia a la caseína de la leche vacuna o niños con restricciones alimentarias específicas.

En ese contexto, el dulce de leche cumple un rol estratégico. Permite que familias con niños alérgicos puedan acceder a un producto tradicionalmente vedado, ampliando la canasta de consumo. Hoy, Amaltea comercializa frascos de 200 gramos a G. 35.000, un precio que responde a la baja escala productiva y a la relación técnica del proceso: para obtener un kilo de queso u otros productos concentrados se requieren alrededor de 10 litros de leche. A diferencia del tambo bovino, cada cabra produce entre 3 y 4 litros diarios, lo que condiciona naturalmente el volumen final.

Más allá del presente, la apuesta de la empresa es clara: Amaltea busca convertirse en la primera marca nacional de dulce de leche de cabra en ingresar a los supermercados. Para ello, la firma se encuentra en proceso de obtener el Registro de Producto (RCTA), requisito indispensable para la comercialización en cadenas de retail. El último paso pendiente es la inversión en una máquina industrial de acero inoxidable específica para la elaboración del dulce de leche, cuya adquisición está prevista para los próximos meses. De concretarse, marcaría un hito para el sector caprino local.

El crecimiento del rubro también se refleja en otras experiencias productivas. En Coronel Oviedo, Azucena Agropecuaria desarrolla un tambo con cerca de 100 cabras de razas lecheras como Saanen, Toggenburg y Alpina. La firma comercializa leche fresca y pasteurizada, yogur bebible, quesos y helados artesanales elaborados con leche de cabra, sin azúcar y endulzados con estevia, utilizando frutas de estación como mango, frutilla o pitahaya. Sus productos se venden principalmente en ferias y a través de canales directos, como el AgroShopping.

Junto a estas iniciativas, el ecosistema caprino paraguayo también incluye a marcas como Don Diego y Ramoncito Roga, que elaboran leche y derivados y contribuyen a consolidar un mercado todavía pequeño y fragmentado. En la mayoría de los casos, la comercialización se da a través de venta directa o ferias, con una presencia limitada en cadenas de supermercados.

Todos los productores coinciden en un punto clave: el mito del olor fuerte de la leche de cabra está directamente ligado al manejo productivo. La higiene durante el ordeñe, el diseño de galpones elevados y la correcta separación de los machos son determinantes para obtener una leche neutra, sin sabores indeseados. Son prácticas que el mercado empieza a valorar tanto como las certificaciones formales.

En un país donde la ganadería bovina domina la escena, la producción caprina avanza en silencio, pero con señales claras de oportunidad. El dulce de leche de cabra, por su escasez y su alto valor agregado, sintetiza ese proceso: bajo volumen, alto impacto y un consumidor dispuesto a pagar por un producto que resuelve una necesidad concreta.

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