El caso costarricense resulta ilustrativo. Según datos del Ministerio de Agricultura y Ganadería de Costa Rica, en apenas cinco años el stock de búfalos creció un 151%, pasando de unas 8.000 cabezas a cerca de 20.000 animales distribuidos en todo el país. Este salto no fue casual: respondió a una estrategia que combinó promoción institucional, adopción tecnológica y una narrativa clara sobre los beneficios productivos, ambientales y nutricionales del búfalo.
En Costa Rica, el búfalo dejó de verse como una rareza para transformarse en un motor de la economía rural. Su alta eficiencia reproductiva —estimada en torno al 86%—, su rusticidad y la menor necesidad de insumos veterinarios permitieron mejorar la rentabilidad del productor, especialmente en zonas donde la ganadería tradicional enfrenta limitaciones climáticas. Además, su capacidad para prosperar tanto en condiciones de exceso de lluvia como de altas temperaturas amplió la frontera productiva sin recurrir a mayores procesos de deforestación.
A esto se sumó una fuerte apuesta por el valor agregado. La carne bubalina comenzó a posicionarse como una alternativa más magra, con menos grasa y colesterol, mientras que la leche de búfala —con mayor contenido de proteína, calcio y beta-caseína A2— ganó protagonismo como alimento funcional, abriendo oportunidades en nichos de consumo saludable y productos diferenciados.
Paraguay, en cambio, se encuentra en una etapa distinta del proceso. El rubro bubalino muestra crecimiento, mayor visibilidad y precios destacados en remates especializados, impulsados por mejor genética, mayor interés de productores y una mirada incipiente hacia mercados externos. Sin embargo, el sector aún opera a una escala mucho menor que la costarricense y con una estructura que está en plena construcción.
En el mercado paraguayo, el búfalo sigue siendo un negocio emergente, con avances importantes pero todavía con desafíos claros: profesionalización del manejo, desarrollo de estadísticas sectoriales, mayor difusión de los atributos del producto y una estrategia más definida de industrialización. Hoy, el crecimiento está traccionado principalmente por la genética y por experiencias puntuales de éxito, más que por una política integral del rubro.
La comparación con Costa Rica deja una enseñanza central: el crecimiento acelerado no depende solo del número de animales, sino de cómo se construye el ecosistema productivo. Allí, el búfalo fue comunicado como una solución integral: rentable para el productor, saludable para el consumidor y sostenible para el ambiente. En Paraguay, esa narrativa recién empieza a tomar forma.
Esto no implica una desventaja estructural. Al contrario: el país cuenta con condiciones naturales, conocimiento ganadero y experiencia exportadora que pueden acelerar el proceso si se capitalizan las lecciones aprendidas en otros mercados. El desafío pasa por transformar un crecimiento todavía incipiente en una estrategia de largo plazo, donde el búfalo deje de ser un rubro de nicho y se integre de manera más sólida a la matriz ganadera nacional.
El boom del búfalo en Costa Rica muestra hasta dónde puede llegar el sector cuando hay visión, coordinación y apuesta al valor agregado. Paraguay avanza, pero el verdadero potencial todavía está por delante. La oportunidad está clara: aprender rápido, escalar con inteligencia y convertir al búfalo en un negocio que complemente —y no compita— con la ganadería tradicional.