Su apuesta más reciente, el primer destilado de mandioca del mundo, sintetiza una visión empresarial basada en la coherencia, la paciencia, el valor agregado y la convicción profunda de que Paraguay tiene mucho más para ofrecer que materias primas.
¿Cómo empezó su carrera empresarial?
Mi historia comienza con mis ganas de formarme en lo mejor a lo que siempre pude acceder. Al terminar el colegio, gestioné una beca deportiva gracias al tenis, ya que estaba rankeada como número 2 de Paraguay en la categoría infantojuvenil. Con eso recibí una beca completa para estudiar en una universidad de Carolina del Sur. Estudié Comercio Exterior y una diplomatura en sommeliería y blending de té, que en ese momento era solo un hobby.
Mi carrera empresarial tiene una raíz bastante variada. Al volver, realmente me costó conseguir trabajo, pero comencé en el sector privado, posteriormente trabajé en ONG y luego en el sector público. Antes de crear marcas propias, trabajé en todas las aristas: el sector privado, el social y el público.Desde ahí viajé mucho promocionando a Paraguay por todas las virtudes que tenemos. Visité plantas industriales, ferias de alimentos y aprendí cómo los países construyen valor a partir de lo que tienen. Y siempre me hacía la misma pregunta: Paraguay tiene una riqueza extraordinaria en hierbas, plantas medicinales e ingredientes únicos, ¿por qué no los estamos convirtiendo en productos con identidad y valor agregado para el mundo?
Esa pregunta fue el origen de todo. No arranqué desde el entusiasmo juvenil, sino desde el conocimiento del comercio exterior y desde entender cómo funciona el mercado internacional. Eso cambió completamente el tipo de empresaria en la que me convertí, integrando lo privado y lo social, y entendiendo que además debemos articular con los gobiernos el crecimiento real de nuestro país.
¿Qué obstáculos encontró para desarrollarse como empresaria?
Yo empecé con mi primera marca de té hace ocho años. El primer obstáculo fue cultural y de mercado: educar al consumidor paraguayo sobre el valor real de un producto premium local toma tiempo, inversión y mucha constancia. Estamos acostumbrados a subvaluar lo nuestro y a pagar más por lo importado, aunque lo nuestro sea objetivamente superior.
El segundo obstáculo fue la cadena productiva. Trabajar con productores locales, con pequeños agricultores y con ingredientes autóctonos que no siempre tienen la escala ni la estandarización que un producto de exportación requiere es un desafío permanente que exige paciencia y compromiso real.
Y el tercero, que nadie te cuenta cuando empezás, es el costo emocional de construir algo desde cero durante años sin ver todavía los resultados que imaginás. En esos momentos ponés a prueba por qué estás haciendo lo que hacés. Además, unirnos como gremio dentro del sector privado también es un desafío bastante grande, porque las empresas no siempre ven que, al trabajar juntas, tenemos más fuerza como país para competir en el mercado exterior.
¿Cuál considera que es su mayor éxito como empresaria?
Definitivamente, el mayor éxito siempre es lograr consolidar un equipo humano comprometido que te acompañe en el crecimiento de tu idea, visión y negocio. Sin ese equipo humano es muy difícil hacer que las cosas funcionen. Posteriormente, cualquier negocio con estructura y coherencia puede ser exitoso.
Haber creado el primer destilado de mandioca del mundo desde Paraguay, con proyección de exportación a Estados Unidos y Reino Unido, es un hito que me llena de orgullo genuino. No por el reconocimiento personal, sino porque demuestra que desde aquí se puede innovar al más alto nivel global.
Pero igual de importante es la coherencia del camino: ocho años construyendo marcas que son exactamente lo que dicen ser, apoyando a productores locales y trabajando con ingredientes paraguayos, sin tomar atajos que traicionen el origen. En un mundo donde abundan el greenwashing y el marketing vacío, mantener esa coherencia tiene su propio valor.
Y haber sido convocada como jurado del primer Mundial de la Yerba Mate en Buenos Aires, junto a expertos de nueve países, fue un reconocimiento que llegó tras años de esfuerzo por posicionar lo que producimos desde Paraguay para el mundo.
¿Qué consejo le hubiera gustado recibir cuando estaba iniciando y se lo daría a otro empresario ahora?
Que el mito del emprendedor exitoso de 22 años es exactamente eso: un mito. Hay un libro que recomiendo muchísimo, La estupidez colectiva, de Julián Torres, que desmonta paradigmas que nos frenan como emprendedores. Y uno de los más importantes es ese: la narrativa romantizada del joven que arranca de cero y triunfa de inmediato.
La realidad que muestra la investigación es que los emprendimientos más sólidos y exitosos los construyen personas de 40 años en adelante, porque ya probaron, fallaron, aprendieron y acumularon el criterio que solo da la experiencia vivida.
Yo misma pasé años formándome, trabajando en el sector privado y público, entendiendo el comercio internacional, antes de lanzar mis marcas. Eso no fue tiempo perdido; fue la base de todo.
El consejo que me hubiera gustado recibir es ese: no te apures. Construí primero la persona que querés ser, ponete a prueba y después construí la empresa.
¿Es el Estado un aliado o un problema para el empresario? ¿Qué le reclamaría?
Es una relación con un enorme potencial sin explotar. Yo lo viví desde adentro: trabajé en el sector privado y también en el Estado, y entiendo que hay personas con genuinas ganas de impulsar el sector productivo. Pero el sistema muchas veces conspira contra la agilidad que un emprendimiento necesita.
Lo que le reclamaría es coherencia entre el discurso y la realidad operativa. Si queremos posicionar a Paraguay como un país exportador de productos con valor agregado —y tenemos todo para serlo—, entonces los marcos regulatorios, los procesos de habilitación y el acceso al financiamiento tienen que estar a la altura de esa ambición.
También hace falta una mayor articulación entre las instituciones regulatorias, como Dinavisa, Senad, Senave y el Ministerio de Industria y Comercio, a fin de que todo sea menos difícil y burocrático para el pequeño exportador. Hoy, gran parte de la cadena logística está diseñada únicamente para grandes exportadores de commodities.
¿Qué bondades y defectos tiene el empresario paraguayo?
La mayor virtud es la resiliencia y la creatividad. El empresario paraguayo aprende a hacer mucho con poco, a moverse con agilidad y a encontrar salidas donde otros se paralizan. Hay una energía emprendedora genuina y valiente en este país.
El principal déficit, y del que yo misma tuve que trabajar para salir, es la tendencia a pensar en pequeño, a conformarse con el mercado local cuando tenemos productos con proyección regional y global. Y hay algo más profundo: nos cuesta apostar por lo nuestro con convicción y convertirnos en embajadores de nuestros propios productos.
Seguimos mirando hacia afuera como referencia cuando Paraguay tiene ingredientes, tradiciones y conocimientos que el mundo todavía no conoce. Cambiar esa mirada es el trabajo cultural más importante que tenemos por delante. Nos falta ser verdaderos promotores de nuestros productos e impulsar la historia que tenemos para contar como paraguayos.
Otro desafío bastante grande es la articulación entre el sector privado y la academia. Es un déficit enorme que otros países de la región ya tienen mucho más desarrollado, y eso se refleja en los productos que logran llevar al mercado. En Paraguay todavía nos cuesta bastante avanzar en esa dirección.
¿El empresario actual debe tener formación profesional relacionada con el mundo de los negocios?
La formación siempre suma, pero el título no reemplaza la experiencia ni la curiosidad. Yo soy licenciada en Administración de Empresas con énfasis en Comercio Exterior y me especialicé en distintos países, pero lo que más me formó como empresaria fue el trabajo en el sector público, los viajes, las conversaciones con productores y el fracaso de ideas que no funcionaron.
Lo que sí creo que es absolutamente indispensable es la formación continua. El mundo cambia demasiado rápido como para que cualquier título sea suficiente por sí solo.
Y hay algo que ninguna carrera te enseña y que vale más que todo: el autoconocimiento. Saber dónde sos fuerte, dónde necesitás ayuda y tener la humildad de rodearte de personas que saben más que vos en aquello que vos no sabés.
¿Un libro que todo CEO debería leer al menos una vez en su vida?
La estupidez colectiva, de Julián Torres. No porque sea el libro de negocios más sofisticado del mundo, sino porque es actual y porque ataca directamente los mitos y paradigmas que nos frenan a todos: ese ruido colectivo que nos convence de que ya es tarde, de que la idea ya existe o de que emprender es solo para los jóvenes.
Torres plantea algo que resuena profundamente con mi experiencia: los emprendedores más exitosos no son los que comenzaron más jóvenes, sino los que acumularon más experiencia lanzándose a probar sus ideas. Los que ya probaron, fallaron, aprendieron y llegaron a los 40 años con criterio propio.
Eso me representa. Y creo que libera a muchas personas de una presión social que las paraliza más de lo que las impulsa.
¿Cuál es su recomendación para mantener a su equipo motivado?
Que el propósito sea genuinamente compartido. No alcanza con explicarle a alguien qué tiene que hacer; tiene que entender por qué importa y cómo su trabajo se conecta con algo más grande.
En mis marcas ese propósito existe con claridad: estamos poniendo a Paraguay en el mapa a través de productos únicos, apoyando a productores locales y creando con conciencia.
Cuando el equipo entiende eso y lo siente como propio, la motivación ya no necesita ser administrada.
También creo mucho en el reconocimiento específico y oportuno. No el aplauso genérico, sino ese que le dice a una persona: “Vi exactamente lo que hiciste y marcó la diferencia”.
Y también creo en dar espacio real para crecer. Nadie se queda donde siente que no pertenece o donde percibe que se está estancando.
¿Cómo lidia con el estrés que produce la actividad empresarial?
Con té, inevitablemente, o con Emperatriz Cassava por la noche, jajajaja. Y no es una respuesta de marketing. Yo desarrollo productos que consumo. El ritual de preparar una buena taza de té es, para mí, una pausa real, un acto de presencia que me saca del ruido por unos minutos y me devuelve más claridad.
Por otro lado, un buen cóctel para relajarnos al final del día, con algo único como Emperatriz Cassava, también ayuda a bajar los decibeles de forma consciente.
Pero aprendí algo más importante con los años: el estrés más dañino no viene de la carga de trabajo, sino de la falta de claridad sobre el propósito que cada uno tiene.
Muchas veces, no saber qué queremos en la vida nos agota mentalmente porque sobreanalizamos demasiadas cosas y eso, inevitablemente, consume toda nuestra energía.
Otro punto muy importante es el equilibrio y la coherencia en nuestras vidas: Dios ante todo, la familia y luego el trabajo, en ese orden.
Por eso cuido los momentos de silencio y de reconexión con el origen de lo que hago. Y también cuido mi cuerpo, porque un cuerpo bien tratado tiene una capacidad de resiliencia que ninguna estrategia puede reemplazar.
Nos tenemos solo a nosotros mismos para crecer y, si nos caemos, para reunir la energía suficiente para volver a levantarnos todas las veces que haga falta.
¿Una frase que la defina?
“Cuando el porqué es sólido, el cómo siempre aparece. La coherencia no es solo una virtud; es la única estrategia que no falla”.
El té me enseñó que la paciencia tiene sabor propio. Debemos tenernos paciencia. Todo lo que vale la pena necesita tiempo, paciencia y determinación. Nuestro paso por el mundo es muy corto, por lo que todo lo que producimos deja, inevitablemente, una huella. Busquemos que sea una huella de impacto positivo y no lo contrario.