“Mi respuesta siempre fue: quiero ser actriz. No tengo idea de dónde salió, en qué momento o qué fue lo que por ahí me llamó la atención. A esa edad era jugar a ser alguien más, y también era lo divertido de poder ser quien vos quisieras ser. A los 15 le dije a mi mamá: ‘Yo quiero estudiar actuación’. ‘No hay eso acá, mi hija’, me dijo. Entonces, a los 15 me llega la información de que la sobrina de una tía estaba tomando clases de actuación en una escuela, la de Agustín Núñez”, recordó.
Aunque era menor para ingresar a la carrera completa, comenzó asistiendo a módulos semanales. Allí tuvo su primer encuentro con Agustín Núñez, una experiencia que marcó profundamente su camino artístico. “Siempre digo que Agustín tuvo en sus manos algo muy importante, porque hay maestros que pueden hacer que no quieras volver nunca más a algo. Y después están los que te hacen sentir que querés dedicarte a eso toda la vida”, expresó.
A pesar de reconocer que tiene una memoria “muy pobre”, Zaldívar aseguró recordar perfectamente aquella primera clase. “Me acuerdo de lo que sentí. Salí pensando: quiero sentir esto siempre”.
Esa necesidad de imaginar y crear terminó convirtiéndose en una extensión natural de su vida adulta. Para Zaldívar, actuar sigue conservando la esencia de ese juego infantil, aunque hoy esté atravesado por disciplina, formación y oficio. “Nunca entendí realmente cuándo terminó la etapa de jugar. Siento que simplemente continuó”, reflexionó.
Más adelante, su búsqueda artística la llevó fuera del país. Primero estudió en ACT Multimedia, en Cinecittà, Roma (Italia), y luego continuó su formación en el Strasberg Theater and Film Institute de Nueva York (EE.UU.), donde encontró una dinámica completamente distinta a la paraguaya. Sin embargo, aclaró que la diferencia no radica necesariamente en la calidad de los profesores, sino en las posibilidades que ofrece cada mercado.
“No es que afuera sean mejores o peores. La diferencia es el oficio. Son personas que viven de esto, que tienen años de experiencia trabajando constantemente. Lastimosamente, acá cuesta un montón tener oficio, porque cuesta muchísimo hacer una temporada de 15 funciones; si vos hacés una película al año, acá es un montón. Y estamos hablando de personas que tienen mucho oficio, que enseñan después de haber hecho toda una carrera, a veces. Realmente esa es la diferencia, más que nada”, explicó.
En contraste, según Antonella, en las escuelas del exterior la actuación se vive como una carrera de tiempo completo. “Tenés ocho horas por semana solamente de actuación. Después tenés cuerpo; en otro semestre podés tomar clases de Chekhov, el próximo semestre de Shakespeare. La diferencia está en el tiempo que le dedicás, porque afuera se pueden dar el lujo de tomar la actuación como una carrera, porque se puede vivir de eso”.
Aun así, Antonella nunca dejó de valorar sus raíces ni la formación recibida en Paraguay. De hecho, muchos de los proyectos que marcaron su vida profesional nacieron aquí. Uno de ellos es “Desesperadamente Sara” y “Ana Capelli”, obra que considera profundamente transformadora y que actualmente vuelve a interpretar.
“El monólogo final de Ana Capelli lo leí en un libro de monólogos. Estaba estudiando actuación en Roma y para las clases te piden siempre que leas algún monólogo. Leo el de Ana y digo: ‘Hija de mil, qué loco, qué genial este monólogo’. Yo estaba empezando y decía: ‘¿Cómo? ¿Cómo se hace un monólogo así?’. Yo tenía 19 o 20 años. Era chica, había un montón de cosas que yo no había vivido en la vida, pero me conecté. Hay un lado oscuro que tenemos todos, y se conectó un poco”, mencionó.
Al respecto, agregó que esa conexión la llevó a comprar el libro y, evidentemente, terminó enamorándose del personaje. “Me enamoré de ese personaje, de la obra, sobre todo de la humanidad del personaje. Después volví a Paraguay, antes de irme a Nueva York, e hice la obra con William Valverde, que fue mi director. Tomé clases con él; fue mi mentor para muchas cosas”. Actualmente, la actriz vuelve a interpretar a Ana todos los jueves de mayo.
Volviendo al punto del “lado oscuro”, Zaldívar lo define como una energía creativa inmensa que, bien utilizada, puede convertirse en una herramienta profundamente transformadora. “Los actores estamos más expuestos a eso y deberíamos ser conscientes de esa energía”, dijo.
A lo largo de su carrera, Antonella aseguró que cada proyecto dejó una huella importante en su vida, incluso aquellos que no considera especialmente memorables desde lo artístico. “Todos los proyectos te transforman de alguna manera. Siempre aprendés algo”.
Más allá del reconocimiento profesional, Zaldívar encuentra en el arte una experiencia profundamente sanadora. Para ella, actuar no implica solamente interpretar personajes; también es experimentar emociones intensas, explorar otras vidas y generar conexiones humanas reales. “El arte salva. Siempre me sostuvo emocionalmente. Más que un trabajo, para mí es un alimento”, puntualizó.
Esa misma visión es la que la mantiene vinculada al teatro, un espacio que considera irremplazable por la conexión inmediata que genera entre actores y espectadores. “Lo que más me gusta del teatro es la presencia. Tiene que haber otra persona ahí para que ocurra algo. El teatro despierta emociones conscientes e inconscientes. Es algo tan enriquecedor y transformador que me da pena que mucha gente no lo viva”, afirmó.