La caída en la venta de uva llevó a productoras de Caacupé a buscar una alternativa para no perder la cosecha. Así nació la elaboración de vino artesanal de uva tinta, una experiencia que permitió transformar excedentes en un producto con mayor valor agregado y que hoy ya alcanza una producción de 5.000 litros, según comentó a InfoNegocios Julia Giménez, representante de la Asociación de Mujeres Productoras Virgen de Caacupé.
La iniciativa surge en un contexto donde, de acuerdo con la entrevistada, la comercialización de uva fresca se volvió más difícil y generó importantes pérdidas en el campo. “Ahora la venta de la uva ha bajado muchísimo y hay mucha pérdida”, expresó Giménez, al explicar que uno de los productores vinculados a la asociación encontró en el vino una salida para aprovechar la fruta que no lograba colocar en el mercado.
Según relató, el vino se elabora a partir de uva tinta y la producción corresponde a un familiar suyo, quien vive en una zona donde vecinos alemanes le transmitieron conocimientos para iniciar el proceso de elaboración. “Mi primo vive cerca de alemanes y ellos le enseñaron para que no pierda su uva”, señaló. A partir de esa experiencia, el productor comenzó a transformar la materia prima y actualmente cuenta con unos 5.000 litros de vino artesanal.
El caso refleja una de las principales oportunidades que tiene la agricultura familiar: pasar de vender productos primarios a desarrollar derivados con mayor valor comercial. En este caso, la uva que corría riesgo de perderse encontró una nueva salida a través de un producto elaborado, con potencial de comercialización en ferias, redes sociales y circuitos de venta directa.
Giménez explicó que la asociación también cumple un rol clave para visibilizar este tipo de iniciativas. La organización, fundada el 12 de diciembre de 2017, comenzó como un pequeño grupo de mujeres interesadas en ordenar su producción y acceder a espacios de venta. “Nos motivaron a entender que la feria era muy importante y que había que tener una asociación bien documentada”, recordó.
El camino no fue sencillo. La representante comentó que formalizar la asociación implicó esfuerzo y costos, pero permitió abrir nuevas puertas. “Para documentarnos hemos batallado mucho, porque cuesta dinero”, afirmó. Tras ese proceso, las primeras ferias comenzaron cerca de 2018, con la participación de apenas dos o tres mujeres. Entre ellas estaban Julia Giménez, Hilda de Espínola y Yolanda Portillo.
En sus inicios, la producción provenía de huertas familiares y estaba más orientada al autoconsumo que a la venta. Giménez recordó que en su casa siempre hubo producción agrícola. “Desde mi infancia, desde la cuna, vamos a decir, mamá tenía su huerta”, comentó. Sin embargo, el problema era que no existía un canal estable para comercializar los excedentes.
Antes de acceder a las ferias, muchas familias regalaban parte de su producción o no lograban obtener ingresos por ella. “No teníamos dónde ir a ofrecer”, sostuvo. Esa realidad cambió con la organización y la participación en espacios de comercialización. “Mediante las ferias empezamos a juntar la platita”, agregó.
Actualmente, la Asociación de Mujeres Productoras Virgen de Caacupé cuenta con 42 socias, de las cuales alrededor de 20 participan regularmente como feriantes. Las ventas se realizan los martes y viernes, con productos obtenidos de las fincas de las propias integrantes. Para la organización, las ferias se consolidaron como una herramienta de ingresos y, al mismo tiempo, como una vidriera para nuevos productos.
En ese esquema, el vino artesanal aparece como una oportunidad para ampliar la oferta y aprovechar mejor los excedentes. Giménez indicó que la asociación prevé difundir el contacto del productor en sus redes sociales para facilitar la llegada a potenciales compradores. La apuesta, según explicó, es que más consumidores conozcan el producto y que la uva transformada pueda generar ingresos donde antes había pérdidas.
Otro factor que ayudó al crecimiento de la asociación fue el acompañamiento del Ministerio de Agricultura y Ganadería, a través de la Dirección de Extensión Agraria (DEAg), y del Proyecto de Inserción a los Mercados Agrarios (PIMA). Giménez destacó que la asistencia técnica y el apoyo logístico fueron determinantes para mejorar la llegada a los puntos de venta.
Uno de los avances más importantes fue la posibilidad de contar con un vehículo para transportar la producción. Antes, las productoras debían alquilar movilidad para ir a las ferias, lo que elevaba los costos y dificultaba la comercialización. “Fletábamos vehículos antes. A veces no conseguíamos o era carísimo”, relató. Con el apoyo recibido, el traslado dejó de ser una barrera tan pesada para las mujeres.
Además, la representante resaltó el trabajo de los técnicos de la DEAg de Villarrica, quienes acompañan a las productoras en sus cultivos, así como el equipo del PIMA, que brinda apoyo en gestión, asistencia técnica y fortalecimiento organizativo.
La experiencia de estas productoras muestra cómo la organización, la asistencia técnica y la creatividad pueden convertirse en herramientas para sostener la economía familiar. En Caacupé, los excedentes de uva dejaron de ser un problema para transformarse en 5.000 litros de vino artesanal, una apuesta que combina agregado de valor, venta directa y oportunidad de negocio desde la agricultura familiar.