Gladys Patiño: “Tradicionalmente se creyó que comer saludable es una cuestión de voluntad, pero la neurobiología nos muestra algo muy distinto”

A pesar de que hoy existe una creciente tendencia hacia los hábitos saludables, mantener una alimentación adecuada sigue siendo uno de los mayores desafíos. Para la licenciada Gladys Patiño, especialista en nutrición clínica funcional, la respuesta no está únicamente en el conocimiento nutricional, sino en comprender cómo funcionan el cerebro, las emociones y los hábitos.

Patiño, reconocida internacionalmente por integrar ciencia, innovación y sensibilidad humana en el cuidado de la salud, además de haber recibido el Premio a la Excelencia en Salud en el marco del LVI Congreso Internacional en Salud, celebrado recientemente en la ciudad de Arequipa, Perú, sostiene que existe una gran diferencia entre saber qué hacer y lograr hacerlo de forma constante.

“Tradicionalmente se creyó que comer de forma saludable es una cuestión de fuerza de voluntad, pero la neurobiología nos muestra algo muy distinto. Cuando intentamos cambiar drásticamente nuestra alimentación, chocamos contra dos grandes fuerzas. La primera es el sistema de recompensa del cerebro, regulado principalmente por la dopamina. Este sistema está programado para buscar alimentos ricos en calorías como mecanismo de supervivencia”, explicó.

La segunda es la automatización de los hábitos. “Cerca del 40% de nuestras decisiones diarias son automáticas. Un hábito arraigado ya tiene un camino neuronal construido, mientras que adoptar uno nuevo requiere un enorme esfuerzo consciente de la corteza prefrontal, que se fatiga a lo largo del día. No es falta de voluntad, es fatiga cognitiva”, afirmó.

Uno de los aspectos que más ha estudiado Patiño es la relación entre inteligencia emocional y nutrición. Con formación complementaria en psiquiatría nutricional, salud mental e inteligencia emocional aplicada a la salud, considera que este componente es fundamental para construir cambios duraderos.

“La inteligencia emocional es el eslabón perdido en la nutrición sostenible. Clásicamente se define como la capacidad de reconocer, comprender y gestionar nuestras propias emociones”, señaló.

En su experiencia, muchas personas recurren a la comida como una vía rápida para aliviar emociones incómodas como la ansiedad, el estrés, el aburrimiento, la frustración o la tristeza. La especialista sostiene que desarrollar inteligencia emocional permite detenerse antes de actuar por impulso e identificar qué se está sintiendo realmente.

“Muchas veces no existe hambre física. Lo que hay es un aumento de cortisol provocado por un problema laboral o una situación emocional que no estamos gestionando adecuadamente. Al identificar la emoción, podemos buscar una solución real en lugar de intentar taparla con comida”, indicó.

De acuerdo con Patiño, el hambre física aparece gradualmente y se siente en el estómago, mientras que el hambre emocional surge de manera repentina y suele manifestarse como un antojo específico.

Además, la primera puede satisfacerse con cualquier alimento nutritivo y permite reconocer la sensación de saciedad. En cambio, la segunda suele estar asociada a impulsos difíciles de controlar, consumo automático y sentimientos posteriores de culpa, frustración o pesadez.

“Cuando aprendemos a identificar estas diferencias, podemos responder a nuestras necesidades reales en lugar de intentar resolver emociones a través de la comida”, destacó.

La especialista sostiene que, para generar cambios sostenibles, es necesario trabajar a favor de la neuroplasticidad cerebral. Entre las estrategias con mayor respaldo científico menciona el diseño del entorno, los microhábitos y el cambio de identidad.

Respecto al entorno, explicó que el cerebro tiende a elegir aquello que resulta más fácil y accesible. Por ello, recomienda mantener opciones saludables visibles y reducir la disponibilidad inmediata de productos ultraprocesados.

También destaca la importancia de los microhábitos. En lugar de intentar transformaciones radicales, propone comenzar con pequeñas acciones que puedan incorporarse fácilmente a la rutina diaria. Un ejemplo sería realizar diez minutos de movilidad al despertar, en lugar de proponerse una hora de ejercicio diario desde el inicio.

Finalmente, subrayó que los hábitos verdaderamente duraderos nacen cuando cambia la identidad de la persona.

“No se trata de estar a dieta para bajar de peso, sino de aprender a convertirse en alguien que cuida su salud y su energía”, expresó.

Patiño advirtió además sobre los errores más frecuentes de quienes buscan perder peso en poco tiempo. Entre ellos mencionó las dietas extremadamente restrictivas y la eliminación total de grupos de alimentos, como los carbohidratos, ya que estas prácticas activan mecanismos biológicos de supervivencia.

El organismo reduce su gasto energético y aumenta la producción de grelina, conocida como la hormona del hambre, para enfrentar lo que interpreta como una situación de escasez.

A esto se suma una mayor presión psicológica que incrementa el deseo por los alimentos prohibidos y favorece episodios de sobreingesta o atracones, generando un círculo de culpa y abandono. Además, las pérdidas rápidas de peso suelen corresponder principalmente a agua y masa muscular, más que a grasa corporal, afectando negativamente la salud metabólica.

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