Así, en la tarde de un 25 de julio de 1902, en la residencia del entonces general Bernardino Caballero, a mando de unos jóvenes liderados por el mismo Paats, nació Football Club Olimpia, nombre propuesto por el neerlandés. El mismo club que cosecharía victoria tras victoria en el fútbol mundial, llegándose a consagrar campeón del mundo en 1979, tras ganar su primera Copa Libertadores de América y vencer al Malmö de Suecia 3 – 1 en un global de ida y vuelta.
Hay quienes miden al club por sus copas, sus títulos, su historia tricampeona continental. Y sí, claro que todo eso está ahí, en los libros. Pero ser un hincha no se resume en los vitrales del museo, sino es una forma irracional de amar que se hereda, se llora, se canta y se defiende hasta en los peores momentos, cuando el presente no está a la altura del escudo.
El amor por un club no nace en las vitrinas. Nace en las veredas. En los patios. En las radios encendidas en las tardes. En las camisetas que se heredan, con olor a naftalina y gloria. Nace cuando un gol se grita en familia, o cuando un niño escucha por primera vez una historia que no está en los libros, pero sí en la memoria viva de su gente.
Según Daniel Wann, -profesor de psicología en la Universidad Estatal de Murray (EE.UU.)-, en el libro La Psicología Social del Deporte (2007), los hinchas desarrollan un fuerte apego emocional a su equipo porque satisface necesidades psicológicas como el sentido de pertenencia, identidad y autoestima, a lo cual se suma que el club se convierte en parte del concepto de la persona, es decir, “yo soy mi club”. Por otra parte, la emoción frente a los encuentros genera vínculo sociales y rituales, como una especie de tribu moderna.
Wan también consideró que el fanatismo puede compararse a relaciones familiares o románticas en términos de intensidad emocional, en su libro Sport Fans: The Psychology and Social Impact of Spectators" (2001).
¿Y cómo nace este gusto? ¿Qué hace que una persona se decante por un club u otro? Nuevamente, según Wan la familia es el agente más poderoso en la formación de la identidad deportiva, especialmente durante la infancia.
La historia de uno, la historia de muchos
En Paraguay (como en muchos rincones del mundo futbolero), hay algo casi sagrado: el club del padre suele ser el club del hijo. Especialmente si se trata del hijo mayor. Es como una ley no escrita, una especie de rito iniciático. El viejo te pone la camiseta antes de que camines, te lleva a la cancha en brazos, te enseña a insultar con elegancia y a aplaudir con el alma.
Por eso, que el hijo mayor no herede esa camiseta es casi... una herejía. Algo que rompe el guion. Que quiebra la línea de sangre futbolera. Y, sin embargo, a veces pasa.
Y cuando sucede es porque hubo otra voz. Otra presencia. Otro corazón que latió más fuerte en esos primeros años. En mi caso, fue mi abuelo materno. Fue él quien ganó esa pequeña batalla silenciosa por mi amor futbolero. Y no con imposición, sino con relatos. Con tardes compartidas. Con emociones que mi infancia supo guardar como tesoros.
Mi papá es cerrista. Azulgrana, fiel, de alma. Y nunca dejó de serlo. Me mostró el fútbol, claro que sí. Me habló de ídolos, de partidos memorables. Pero mi abuelo me enseñó el Olimpia. Me lo enseñó como se enseñan las cosas importantes: sin apuro, sin presión, con cariño y mística.
No hubo pelea. No hubo drama. Solo una elección que nació de adentro. De lo que sentí cuando lo vi emocionarse por ese escudo. De las veces que me contaba cuando iba a los entrenamientos de Olimpia, cuando practicaba en una sede deportiva de la ciudad de San Lorenzo. De cómo me hablaba de Loco González, de Almeida, de Jorge Guasch, como si fueran de la familia.
Recuerdo tardes enteras viéndolo emocionarse frente al televisor. Sus ojos, más atentos al partido que al mundo. Me hablaba de hazañas, de noches mágicas, de ídolos con nombre y apellido. Me contaba que charlaba con Raúl Vicente Amarilla como quien cuenta que se cruzó con un amigo de toda la vida.
Yo lo escuchaba como quien escucha una fábula, pero no era mito, era verdad. Y esa verdad me atravesó el alma.
Porque la pasión se hereda como los gestos o como el tono de voz. Como las promesas que no necesitan ser dichas. A veces la transmite un padre o una madre. A veces un abuelo, como en mi caso. Un abuelo que hizo de Olimpia algo más que un equipo: hizo de Olimpia una forma de estar juntos.
Hoy entiendo que ser olimpista no es simplemente seguir a un club. Es pertenecer a algo más grande que uno mismo. Es cantar, aunque se pierda. Es confiar cuando todo parece adverso. Es enseñar a los que vienen detrás que hay camisetas que no se lavan del alma.
Porque la pasión, esa que algunos no comprenden, no es un capricho. Es un legado. Y Olimpia, en sus 123 años, no solo ha ganado títulos. Ha ganado corazones. Ha formado familias. Ha escrito historias como la mía, como la de tantos.
Y así, aunque era "raro", aunque nadie lo esperaba, yo elegí. O, mejor dicho, Olimpia me eligió a mí, porque a veces el fútbol no se hereda solo por sangre. A veces se hereda por amor.
Y esa forma de vivir trasciende el fútbol. Se mete en las charlas de domingo, en las sobremesas familiares, en los abrazos después del gol y en los silencios después de una derrota. Ser hincha de un club es llevar una bandera invisible que flamea en el alma, es encontrar sentido en cada historia contada por un padre, una madre o un abuelo, en cada recuerdo compartido entre generaciones. Es mirar al pasado con orgullo, al presente con esperanza y al futuro con la certeza de que, mientras haya alguien que ame estos colores, ese club seguirá siendo eterno.
Porque al final, ser de Olimpia, no se cualquier otro, no es solo alentar a un club: es llevar tatuado en el pecho un legado de lucha, de gloria y de amor incondicional. Es entender que las victorias se celebran, pero la pasión se hereda. Es saber que, aunque pasen los años y cambien los nombres, la esencia permanece intacta. Porque ser hincha de un club es una forma de vivir.
(En memoria de Don Orlando Servián Vega, olimpista de corazón y alma)