En conversación con InfoNegocios, la Dra. Ruth Echegaray, especialista en medicina estética, explicó las principales diferencias entre ambos procedimientos. “La toxina botulínica purificada actúa modulando la contracción muscular y produciendo una relajación temporal en el sitio aplicado”, señaló.
Este tratamiento se recomienda principalmente para suavizar las arrugas de expresión que aparecen por el movimiento repetido de los músculos faciales, como las líneas de la frente, el entrecejo y las conocidas patas de gallo.
En cambio, el ácido hialurónico se utiliza principalmente para reponer volumen, mejorar determinados surcos, perfilar los labios y aportar soporte a ciertas zonas del rostro.
“Son productos totalmente distintos. La toxina botulínica trabaja a nivel muscular, con la regulación de la fuerza de contracción. El ácido hialurónico, básicamente, dependiendo de su presentación, rellena o produce una hidratación”, explicó la especialista.
El tercio superior del rostro, que comprende la frente, el entrecejo y la región alrededor de los ojos (las conocidas patas de gallo), reúne algunas de las zonas más frecuentes de aplicación de la toxina botulínica. Según Echegaray, sus efectos tienen una duración promedio de cuatro a seis meses.
“Se repite la aplicación luego de la evaluación del tiempo mencionado y observando la regresión de las arrugas durante la gesticulación. El objetivo es que, mediante el conocimiento anatómico y la evaluación de la fuerza y el movimiento del músculo, se conserve una gesticulación natural”, mencionó la especialista.
La toxina botulínica bloquea temporalmente las señales nerviosas que provocan la contracción muscular, por lo que ayuda a suavizar las arrugas dinámicas. Sus resultados suelen durar entre tres y cuatro meses, aunque este período puede variar según cada paciente.
Si se busca suavizar las arrugas de expresión y las patas de gallo, la toxina botulínica puede ser una alternativa adecuada. En cambio, si el objetivo es recuperar volumen, perfilar determinadas zonas o aportar hidratación, el ácido hialurónico puede ser más apropiado, dependiendo de su formulación. En ambos casos, la elección debe realizarse tras la evaluación de un profesional médico capacitado, de acuerdo con las necesidades de cada persona.
Una de las principales desventajas de la toxina botulínica y el ácido hialurónico es que sus resultados son temporales y pueden requerir nuevas aplicaciones para mantenerlos. La toxina botulínica puede provocar hematomas, dolor de cabeza o caída temporal del párpado, mientras que el ácido hialurónico puede causar hinchazón, asimetrías y pequeños bultos. En casos poco frecuentes, una aplicación incorrecta puede provocar complicaciones graves.
Por eso, es fundamental acudir a un profesional médico capacitado, utilizar productos autorizados y priorizar siempre la salud y la seguridad por encima de los resultados estéticos.
“Ese es el objetivo: el conocimiento anatómico y la evaluación de la fuerza y el movimiento del músculo permiten conservar un resultado natural”, resaltó Echegaray.
La toxina botulínica y el ácido hialurónico son tratamientos que permiten abordar distintas necesidades estéticas, desde suavizar las arrugas de expresión hasta recuperar volumen y mejorar determinados surcos del rostro. Sin embargo, antes de optar por cualquiera de ellos, es importante conocer sus diferencias, sus alcances y sus posibles efectos secundarios. La evaluación individual de cada paciente permite determinar qué procedimiento es el más adecuado, teniendo en cuenta sus características y expectativas.
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