Chirimoya: la fruta que vuelve del patio de la abuela y hoy se paga como exótica

(Por NL) La chirimoya —conocida popularmente como aratikú, su nombre en guaraní— para muchos es un recuerdo de infancia; para otros, una oportunidad productiva que vuelve a ganar protagonismo en patios, huertas y viveros, mientras el mercado la revaloriza como fruta exótica.

“El aratikú es un género de fruta tropical conocido como Annona, que tiene muchísimas variedades”, explica Antonella Brignardello, responsable de Huertamania Py, un proyecto de huerta orgánica casera desde donde produce y comercializa chirimoya de manera 100% artesanal. Según detalla, en Paraguay conviven distintas especies, con diferencias marcadas en sabor, textura y tamaño. “Las que abundan en las casas son el aratikú guasú, con pulpa jugosa y un poco fibrosa”, señala, y menciona también la graviola o corazón de indio, una fruta grande, aromática y de pulpa blanca, aunque no dulce.

La variedad que comercializa Huertamania Py es la Annona reticulata, conocida como aratikú guasú, de pulpa “cremosísima, muy dulce, un poco granulada, cáscara lisa y fina, y muchas semillas alargadas de color negro”. Su aroma es suave y agradable, y su maduración puede reconocerse tanto por el color como por el tacto. “Al madurar, va tomando un tono de verde claro hasta tornarse amarillo pálido o rosado. También se siente al tacto, porque la fruta se ablanda”, explica. Otro indicador clave es el cabo: “Está en su punto cuando, al estirar el cabo de la fruta, sale el corazón y queda un hueco donde se ve la pulpa blanca”.

La cosecha se concentra entre agosto, septiembre y principios de octubre, y el calor acelera el proceso de maduración. Muchas veces, cuenta Brignardello, las frutas se cosechan antes de tiempo y se dejan madurar a temperatura ambiente. Una vez abiertas, la pulpa se oxida rápidamente y cambia de blanco a un tono amarronado, por lo que su consumo es casi inmediato. “Se puede consumir directamente como un postre con cuchara”, agrega.

Desde el punto de vista productivo, la chirimoya es una planta rústica y adaptable al clima paraguayo. “Es muy resistente al calor y a la humedad extrema”, afirma Brignardello. En condiciones adecuadas, el árbol comienza a dar frutos en unos cinco años y puede alcanzar más de cinco metros de altura si no se poda. En temporadas favorables, como la de 2025, cada árbol puede producir entre 50 y 200 frutos, con pesos que van de 200 a 500 gramos por unidad.

El valor de mercado refleja su creciente demanda. Huertamania Py vende la fruta por unidad o por docena, con precios que oscilan entre G. 80.000 y G. 120.000 la docena, mientras que en comercios y retails puede alcanzar hasta G. 200.000 el kilo. “La mayoría de nuestros clientes son personas adultas que saboreaban la fruta del árbol que crecía en su patio o en el de la casa de la abuela”, cuenta. “La fruta endulza el paladar y también el corazón”.

Esa carga emocional también la perciben los viveros. Juana García, de Punto Kit Vivero, confirma que la chirimoya sigue despertando interés. “Acá en el país existen muchas variedades de chirimoya”, señala, y explica que los plantines tardan entre cinco y seis años en dar su primera producción. “La gente adulta, en su mayoría, la conoce, la consumió en su infancia y hoy, cuando los viveros la tenemos a la venta, siente cierta añoranza y vuelve a comprar y plantar en sus jardines”.

Los plantines se comercializan desde G. 35.000 y, además de la fruta, el árbol ofrece otros beneficios. “Es una especie muy importante, ya que es un arbolito de porte mediano que incluso sirve para sombra”, destaca García.

De esta manera, la chirimoya vuelve a ocupar un lugar en la conversación productiva y cultural, como una fruta que une tradición, sabor, valor agregado y un mercado que, poco a poco, empieza a redescubrirla en todo el país.

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