Tarjetas sin tasas altas: cómo el sistema financiero rediseñó su negocio y mantuvo el crecimiento

A pesar de las advertencias lanzadas desde 2015 por analistas económicos, que aseguraban que el tope a las tasas de interés iba a secar la oferta de tarjetas de crédito y empujar a los usuarios hacia la usura, los números muestran exactamente lo contrario. Lejos de reducirse, la cantidad de tarjetas de crédito en circulación no solo se mantuvo, sino que creció, gracias a una reinvención completa del modelo de negocio por parte de las entidades financieras.

El temor inicial de que el riesgo de impago frenara el otorgamiento de nuevos plásticos quedó disuelto por una estrategia agresiva basada en comisiones, digitalización y una mayor exigencia en la evaluación crediticia.

Los analistas habían anticipado un escenario sombrío: al limitar los intereses que podían cobrar por la financiación, los bancos y financieras perderían incentivos para prestar, restringiendo el acceso al crédito y derivando a los consumidores hacia prestamistas informales. Sin embargo, la industria encontró la vuelta.

Las entidades desplazaron el centro de su rentabilidad desde los intereses hacia las comisiones por mantenimiento, renovación y servicios adicionales. Al mismo tiempo, endurecieron los requisitos, como, por ejemplo, la necesidad de contar con una experiencia crediticia previa y un historial de uso de servicios financieros más sólido para acceder a una tarjeta. Eso, sumado a la digitalización de procesos y la reducción de costos operativos, permitió mantener la rentabilidad sin depender de tasas altas.

“El mercado se adaptó mucho más rápido de lo que se creía. La ley no frenó la entrega de tarjetas porque las financieras cambiaron su ecuación de ingresos y, además, los ingresos de las personas crecieron en estos años, lo que amplió la base de potenciales clientes que cumplen con los nuevos requisitos”, explicó el exministro de Hacienda, César Barreto.

Para Barreto, la combinación de mejoras en los salarios reales y la bancarización creciente permitió que una porción mayor de la población acceda al crédito formal, evitando así el efecto de expulsión que muchos pronosticaban.

En paralelo, añadió que la mejora en la rentabilidad del servicio de tarjetas de crédito reactivó las promociones y amplió la oferta en todo el mercado. Los plásticos vuelven a ofrecerse con descuentos en comercios, cuotas sin interés y bonificaciones, algo que parecía destinado a desaparecer tras la ley.

Lejos de la usura, el sistema financiero paraguayo encontró en la tecnología y las comisiones una vía para seguir expandiendo el acceso a tarjetas, aunque ahora con clientes más calificados y procesos más eficientes. La ley, finalmente, no frenó la cantidad de tarjetas, sino que la reinventó.

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