Los ríos que atraviesan Sudamérica no solo movilizan agua: también conectan ecosistemas, comunidades y actividades económicas. Bajo esa mirada nació Jaguar Rivers, o “Los ríos del Yaguareté”, una iniciativa regional que busca recuperar la conectividad de distintos ambientes naturales y proteger al felino más grande de América.
La propuesta reúne a organizaciones de Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay, con la participación de la Fundación Rewilding Argentina, Nativa de Bolivia, Onçafari de Brasil y la Fundación Moisés Bertoni de Paraguay, además del acompañamiento de Tompkins Conservation.
El objetivo es trabajar sobre corredores de biodiversidad que atraviesan fronteras y que, por lo tanto, requieren una estrategia regional. La zona de intervención comprende parte de la cuenca del Paraná, un territorio del que dependen más de 100 millones de personas y donde conviven áreas naturales con actividades productivas.
La iniciativa parte de una realidad: proteger especies como el yaguareté no depende únicamente de conservar determinados parques o reservas. El animal necesita grandes extensiones para desplazarse, encontrar alimento y reproducirse, por lo que la fragmentación de los bosques y otros ambientes naturales representa uno de sus principales desafíos.
En ese escenario, la propuesta apunta a generar corredores que conecten áreas naturales, incluyendo bosques ribereños, humedales y otros ecosistemas vinculados a los grandes cursos de agua.
La estrategia también plantea involucrar a comunidades, gobiernos y sectores productivos, de manera que la conservación pueda convivir con actividades como la agricultura, la ganadería, la pesca, el turismo y otros usos del territorio.
El componente económico es relevante porque los mismos ríos que funcionan como corredores para la fauna también sostienen buena parte de la actividad humana. El agua se utiliza para consumo, producción, transporte y generación de energía, mientras que los ecosistemas asociados aportan servicios ambientales fundamentales.
Para nuestro país, la participación en Jaguar Rivers supone integrarse a una agenda que trasciende las fronteras nacionales. La presencia de la Fundación Moisés Bertoni dentro de la alianza incorpora a Paraguay a un trabajo conjunto con organizaciones que ya desarrollan programas de conservación y restauración en otros puntos de la región.
La lógica es que los ecosistemas no terminan donde comienzan las fronteras políticas. Un corredor que funciona en un país puede perder continuidad al ingresar en otro territorio si no existe coordinación.
Por eso, la iniciativa plantea una visión de paisaje que permita identificar áreas prioritarias, restaurar sectores degradados y establecer conexiones entre territorios que actualmente se encuentran fragmentados.
También se busca incorporar herramientas de monitoreo que permitan conocer el estado de los cursos de agua y de los ambientes que los rodean. Esa información puede servir para determinar dónde concentrar los esfuerzos de restauración y evaluar posteriormente sus resultados.
Uno de los antecedentes que impulsan esta estrategia se encuentra en los Esteros del Iberá, en Argentina, donde el yaguareté volvió a ser reintroducido después de décadas de ausencia.
El proceso comenzó en 2012 y actualmente el territorio registra 50 yaguaretés libres. A nivel nacional, el último censo disponible estimó entre 250 y 300 ejemplares en Argentina.
El caso es considerado una referencia para demostrar que, con protección del territorio, restauración ambiental y programas de reintroducción, es posible recuperar poblaciones de especies que habían desaparecido de determinados ambientes.
Ahora, la apuesta consiste en llevar esa experiencia a una escala regional y conectar territorios para que las poblaciones de fauna puedan desplazarse con mayor seguridad.
La propuesta de Jaguar Rivers coloca sobre la mesa una discusión que trasciende la protección de una especie. La conservación de los ríos y de los bosques asociados también tiene impacto sobre las comunidades y las actividades económicas que dependen de ellos.
De ahí que el proyecto busque trabajar con una lógica de paisajes integrados, donde la conservación no sea entendida como una actividad aislada de la producción, sino como parte de una planificación territorial de largo plazo.
Para Paraguay, esta agenda abre, además, una oportunidad para incorporar la conservación de sus ecosistemas a una conversación regional, especialmente en zonas donde los recursos hídricos, la producción y la biodiversidad comparten territorio.
El yaguareté funciona así como una especie bandera de un desafío mucho más amplio: volver a conectar los ambientes naturales de Sudamérica sin desconectar a las comunidades y a los sectores productivos que dependen de ellos.
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