Antes de pensar en cuánto fertilizante aplicar o qué insumo utilizar, una herramienta tan sencilla como una pala puede ayudar a conocer qué está pasando debajo de la superficie. Ese fue uno de los principales mensajes de Ken Moriya, jefe del Departamento de Manejo del Suelo del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), durante la charla “El diagnóstico de la calidad del suelo para una mejor producción”, desarrollada en el Congreso Nacional de Innovación en Producción Frutihortícola, en el marco de Hortipar 2026.
Moriya explicó que el diagnóstico de la calidad del suelo no debería limitarse al análisis químico, aunque este continúa siendo el método más utilizado actualmente en Paraguay. Para obtener una visión más completa, planteó considerar también indicadores físicos y biológicos que permitan detectar a tiempo condiciones que pueden terminar afectando el rendimiento.
Uno de los primeros aspectos que puede revisar el productor es la compactación. Con una pala puede extraer una porción de suelo y observar cómo se desarrolla el sistema radicular de la planta. Si las raíces encuentran dificultades para avanzar, puede existir una limitación física que afecta el desarrollo del cultivo.
La estructura del suelo también ofrece información. En entrevista con InfoNegocios, Moriya recomendó observar si el suelo mantiene una estructura adecuada, con agregados, o si presenta condiciones que dificultan la circulación del agua y el aire.
Otro indicador es la humedad. En especial para la agricultura familiar, que depende en gran medida de las precipitaciones, la capacidad del suelo para infiltrar y retener agua es determinante. Un suelo excesivamente seco puede ser una señal de que algo está fallando en su capacidad de conservar la humedad.
A estos factores se suma la observación directa de las plantas. Cambios en la coloración o daños en determinados tejidos pueden funcionar como señales de deficiencias nutricionales. La aparición de tonalidades asociadas a la antocianina, por ejemplo, puede relacionarse con una deficiencia de fósforo, mientras que la muerte de tejidos en los bordes de las hojas puede ser indicativa de una deficiencia de potasio. El amarillamiento entre las nervaduras también puede aportar información sobre el estado nutricional.
Para Moriya, uno de los principales desafíos es comprender que la presencia de nutrientes no es suficiente. También importa la proporción en que estos se encuentran disponibles para cada cultivo. Entre los principales macronutrientes se encuentran el nitrógeno, el fósforo y el potasio, mientras que el calcio, el magnesio y el azufre corresponden a nutrientes secundarios. A ellos se suman los micronutrientes necesarios para el desarrollo de las plantas.
El análisis de laboratorio permite obtener información más precisa, pero puede representar un costo y tener un uso más limitado para algunos productores de la agricultura familiar. Por eso, el especialista destacó la importancia de complementar estos análisis con métodos descriptivos y observaciones de bajo costo.
La mirada también debe incluir la dimensión biológica. La presencia y actividad de microorganismos y otros organismos del suelo forman parte del equilibrio necesario para mantener su productividad.
Según Moriya, actualmente existen metodologías sencillas para realizar algunas de estas observaciones sin necesidad de recurrir siempre a análisis de laboratorio.
El manejo moderno del suelo busca, en parte, reproducir procesos que anteriormente ocurrían naturalmente en los bosques. En esos sistemas, las hojas, ramas y otros restos vegetales contribuían al reciclaje de nutrientes y a mantener una cobertura que favorecía la infiltración y la conservación del agua.
Con el cambio de uso de la tierra, esos ciclos naturales se alteraron y el suelo comenzó a depender en mayor medida del manejo productivo. Por eso, tecnologías como la cobertura, el uso de materia orgánica y los bioinsumos buscan recuperar parte de esos procesos.
Moriya señaló que los bioinsumos y microorganismos utilizados en la producción apuntan a favorecer la disponibilidad de nutrientes y mantener un mayor equilibrio de la población microbiana, lo que puede contribuir a una mejor salud del suelo y, en consecuencia, a reducir problemas que afectan a los cultivos.
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