Báez, de 63 años, comenzó a tejer a los siete, inspirada por su madre. “Mi abuela le enseñó a mi mamá, mi mamá a mí y, lastimosamente, no tengo hijas, solamente hijos, así que no pude mostrarles cómo es el proceso del trabajo del ñandutí”, contó.
El proceso exige técnica y paciencia. Según Norma, primero se prepara la tela sobre un bastidor, se dibuja el diseño y se comienza a tejer siguiendo las formas elegidas. “Una vez terminado el relleno, la pieza se lava, se almidona y se retira cuidadosamente la tela que servía de soporte. El resultado depende tanto de la precisión como de la creatividad de cada artesana”.
En el caso de Báez, la innovación es parte central de su trabajo. Aunque conserva diseños tradicionales que aprendió de su madre y su abuela, también crea motivos nuevos y experimenta con combinaciones de colores. Un vestido de novia puede llevarle entre 15 y 22 días si el tejido se concentra en la parte superior y la espalda; si incluye una falda o cola más elaborada, el trabajo puede extenderse hasta un mes. Para las piezas grandes, como carpetas, calcula unos 15 días, con una producción aproximada de dos por mes.
“Prácticamente va desde G. 350.000 para arriba. Hay piezas más baratas, dependiendo de las medidas y el diseño que tengan, porque en ñandutí tenemos, por ejemplo, los ojitos, la florcita, y eso va desde G. 5.000 o G. 10.000. Después va subiendo a G. 20.000, G. 30.000 y así, dependiendo de las medidas y los diseños”, mencionó Norma.
Los manteles, que antes tenían mayor demanda, hoy suelen elaborarse por encargo. Por el uso del color y la originalidad de sus piezas, Báez recibió el reconocimiento Aguja de Oro en el Festival Nacional del Ñandutí del año pasado. Actualmente prepara una exhibición con 17 piezas grandes, tejidas íntegramente por sus manos, con la intención de mostrar una faceta diferente de su producción.
De la herencia al diseño contemporáneo
La historia de Romina Melgarejo, de 39 años, también está marcada por la herencia familiar. Sus abuelas tejían ñandutí, su madre aprendió de ellas y sus hermanas continuaron el oficio. Tras perder a su madre cuando era pequeña, aprendió observando y siguiendo el trabajo de sus hermanas. A los siete años ya conocía el tejido.
Para Melgarejo, “el ñandutí es libertad creativa. A diferencia de otras técnicas que siguen patrones más rígidos, permite modificar, combinar y desarrollar diseños sin perder su esencia. Los motivos se inspiran en la flora y la fauna, y existen más de 500 dechados o modelos que sirven de referencia para las tejedoras. Nosotros usamos, por ejemplo, los dechados de estrellas, que son los más fáciles; pasamos por el vaka pypore, mbokaja poty, arasaté y filigrana, que son solo algunos de los dechados más utilizados”.
Su producción se especializa en abanicos de distintos tamaños y colores, además de souvenirs para cumpleaños, bodas y bautismos. También participó en el programa Artesanía más Diseño, del Instituto Paraguayo de Artesanía, donde trabajó junto a una diseñadora en una colección de siete piezas que integra el ñandutí con propuestas contemporáneas, incluso mediante combinaciones con cuero y tejido negro.
El trabajo se organiza en familia, con un equipo de ocho mujeres dedicadas a la producción. Un abanico estándar requiere entre uno y un día y medio de tejido, además de las etapas de lavado, almidonado y terminación. La capacidad puede llegar a 50 abanicos al mes y hasta 70 cuando se combinan distintos trabajos, según la disponibilidad de la agenda.
Ambas artesanas coinciden en que el ñandutí representa talento, identidad y patrimonio cultural. Sin embargo, también advierten sobre los desafíos para garantizar su continuidad. Báez señaló que “muchas tejedoras de mi generación están desapareciendo y es necesario incentivar a niños y jóvenes para que aprendan el oficio”.
Melgarejo, por su parte, señaló que “existe interés por conocer la técnica, aunque muchas personas se acercan como pasatiempo y no como una actividad laboral. Muchas veces es muy difícil seguir con el trabajo por el hecho de no recibir apoyo dentro del hogar, porque muchas veces se minimiza mucho el trabajo de la mujer artesana y se priorizan otros roles que habitualmente una mujer ocupa en su hogar”.
Cada segundo domingo de octubre, Paraguay celebra el Día Nacional del Ñandutí, instituido por la Ley N.º 6.105 para proteger, fortalecer y difundir esta técnica como parte de la identidad cultural del país.
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