Son pocas las artesanas que se dedican a esta elaboración. Una de ellas es Rosa Segovia, quien desde su niñez aprendió el oficio que marcaría su vida como maestra artesana. “Cuando tenía apenas 7 años, aprendí de mi mamá, porque ella era una de las tejedoras de la guarda, que va antes del flequillo. A mí, desde muy chiquitita, ya me encantaba. Cuando terminé la primaria ya me dediqué, porque antes caminábamos cuatro kilómetros para ir a la escuela. Mi papá era agricultor y nosotros estábamos en la campaña, digamos, a cuatro kilómetros de la ciudad de Piribebuy; entonces teníamos que caminar todos los días ida y vuelta para poder entrar en la escuela. Por eso uno termina la primaria y ya se dedica; si no trabaja con los padres en la agricultura, uno se queda con la madre”, relató doña Rosa.
Desde entonces, su vida transcurre entre hilos finísimos y técnicas ancestrales. “Desde los once años estoy en el telar del cuerpo del poncho”, afirmó. Hoy, con más de sesenta años, asegura haber dedicado más de medio siglo al tejido del poncho.
El poncho para’i de 60 listas es una pieza única en el mundo. Su elaboración utiliza hilo de coser número 50, de origen peruano, lo que le otorga una textura suave, liviana y un acabado delicado. Este detalle lo diferencia de otros tejidos tradicionales del país, como los ponchos de lana de oveja o los realizados con karanday o hilos más gruesos.
“El trabajo es minucioso. Somos cuatro mujeres que tejemos un solo poncho y lo terminamos en diez a doce días. Es un trabajo minucioso, pero no imposible”, comentó Segovia. La elaboración requiere tres telares distintos: uno para el cuerpo del poncho, otro para la guarda o fajita y un tercero para los flecos. El proceso inicia con la colocación de los hilos, tarea que demanda dos horas mientras se prepara la urdimbre. Luego viene la preparación de los lisos, la organización del diseño y, finalmente, el tejido. Los flecos también requieren la labor conjunta de dos mujeres: una cruza los hilos entre los dedos y la otra teje sobre la espátula. Nada está hecho al azar.
“No es algo que uno empieza de la noche a la mañana y ya termina. Todo tiene su proceso, lleva días. La diferencia es que es el único poncho en el mundo —digo yo—, porque estuvimos en Catamarca en 2016 exponiendo entre 45 países, y entre todos los ponchos el nuestro es el único que se teje con hilos de coser e hilos mercerizados”, detalló doña Rosa.
“Hoy día se está dando mucho valor a la artesanía paraguaya. Desde ese año no paramos de trabajar”, señaló Segovia. Sin embargo, aunque la demanda aumentó, la cantidad de artesanas capaces de elaborar la pieza completa sigue siendo reducida. “En Piribebuy somos tres mujeres que empezamos y terminamos el poncho, pero en total somos 15, contando a las que se dedican a tejer partes; otras no quieren hacer todo, entonces realizan el fleco u otras etapas. A veces otra compañera se encarga del yeporavo, de colocar los lisos… Siempre nos ayudamos en todo”, explicó.
Gracias a la digitalización acelerada por la pandemia, doña Rosa hoy recibe pedidos de diversos países. “Aprendí a enviar productos por transportadora, a recibir pagos mediante transferencias. Ahora se pide muchísimo: de Italia, Japón, Dinamarca, Estados Unidos, Argentina, España… de todos lados”.
Pero asegura que, más allá del prestigio, lo que más desea es que la gente comprenda el valor real del trabajo que realiza. “Todas las manualidades tienen su tiempo. Uno tiene que dedicarse. Es importante mantener nuestra cultura ancestral, que no se termine. Es importante que les muestren a sus hijas e hijos, que mientras estudian también aprendan una manualidad”.
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