Su vínculo con el deporte nació en casa. La principal inspiración fue su madre, una apasionada deportista que practicó natación, waterpolo, handball de pista y handball de playa. Viéndola competir y entrenar, Rafael descubrió desde pequeño el valor de la disciplina, el esfuerzo y la perseverancia.
Hace cinco años, su vida dio un giro inesperado tras sufrir graves quemaduras que lo llevaron a permanecer 30 días internado y atravesar 16 intervenciones quirúrgicas. El dolor físico y emocional fue extremo.
“Le dije a mi mamá que necesitaba morir, que ya no aguantaba el dolor y que quería que un sacerdote viniera a bendecirme”, recordó.
La respuesta de su madre se convirtió en uno de los momentos más importantes de su recuperación. “Ella me abrazó y me dijo que no iba a dejarme ir, que íbamos a salir juntos de ahí y que no dejaría de luchar hasta verme jugar por Paraguay”.
Aquellas palabras marcaron un antes y un después. Antes de ese episodio, Rafael no practicaba deporte de manera competitiva. Jugaba principalmente con amigos y comenzó a acercarse al fútbol como una forma de reconstruir su rutina. Durante dos años intentó abrirse camino en esa disciplina, aunque sin sobresalir especialmente.
Incluso llegó a escuchar que quizás el deporte no era lo suyo. Sin embargo, una vez más apareció el impulso de su madre.
“Un profesor me dijo que buscara otra actividad, pero mi mamá insistió en que probara con el handball. Ella siempre creyó en mí”, relató.
Esa decisión terminó cambiando su historia. Lo que comenzó como una prueba se transformó rápidamente en una pasión y en un proyecto de vida.
Rafael destacó que el acompañamiento familiar fue fundamental durante todo el proceso. Diagnosticado dentro del espectro autista, encontró en su entorno cercano un sostén constante para atravesar los distintos desafíos de su crecimiento y de su carrera deportiva. Además de su madre, reconoció el apoyo permanente de sus dos “papás del corazón”, Jorge y Chiqui, y de su hermana mayor, Nair.
“Mi mamá me enseñó la disciplina. Nunca me permitió faltar a un entrenamiento ni rendirme. Con ella aprendí que perder, equivocarse y volver a intentarlo también forma parte del crecimiento”, afirmó.
La misma determinación la trasladó a su carrera deportiva. Después de quedar fuera de una convocatoria a la selección, tomó junto a su familia una decisión que marcaría el siguiente paso: entrenar todos los días durante un año completo.
“Entrenamos 365 días seguidos y los resultados llegaron porque nunca dejé de trabajar”, contó.
Actualmente, el joven entrena diariamente en el Comité Olímpico Paraguayo y combina el handball de pista con el handball de playa. Aunque lleva apenas dos años en este deporte, sus metas son ambiciosas.
“Quiero marcar una historia para mi vida y para mi país”, aseguró.
Su gran sueño es vestir la camiseta de la selección paraguaya en ambas modalidades y demostrar que ninguna adversidad es más fuerte que la determinación de seguir adelante.
Hoy, Rafael Miranda utiliza su experiencia para inspirar a otros jóvenes que atraviesan momentos difíciles.
“Sé lo que se siente estar lejos de los sueños por el dolor o por una lesión. Mi consejo es que tengan fe, trabajen todos los días y no se rindan. Cuando uno hace su parte con disciplina y perseverancia, siempre llega una nueva oportunidad”.

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