Conversamos con Arthur Von Schocher, director de Quiero Fruta, y con Elizabeth Garcete, socia de El Estadero, dos referentes nacionales en el rubro. Aunque sus trayectorias son distintas —una marca con fuerte expansión y otra con historia familiar desde 1992— ambas coinciden en una premisa central: trabajar con fruta fresca, sin conservantes y con elaboración diaria.
En el caso de Quiero Fruta, la diferenciación comenzó desde el corte. “En Paraguay siempre fue muy tradicional la ensalada con fruta bien picadita. Nosotros nos apartamos de eso desde el inicio y empezamos a trabajar con frutas seleccionadas y cortes más grandes”, explicó Von Schocher. Según señaló, el tamaño influye directamente en la experiencia: “Cuando el corte es más grande, el cliente puede diferenciar mejor cada sabor: el melón, la piña, el mango. No está todo mezclado en pedacitos mínimos; entonces la experiencia es distinta”.
El Estadero, por su parte, construyó su identidad desde la tradición. “La ensalada de frutas fue lo que nos hizo crecer”, recordó Garcete. Su propuesta mantiene el perfil clásico, con mamón, manzana, pera, piña, banana, ciruela y frutas de estación como la frutilla en temporada. Sin embargo, el diferencial también está en el cuidado del producto: “No utilizamos nada que tenga conservantes ni azúcar añadida. Trabajamos con edulcorante y solo agregamos azúcar si el cliente lo pide”.
La personalización es otro punto en común, aunque cada marca la desarrolla a su manera. En Quiero Fruta, la ensalada tradicional puede incluir hasta 15 frutas y viene con jugo de naranja como base, pero el cliente puede elegir otros fondos y hasta armar su propia combinación. “En los últimos años la gente se volvió más específica. Muchos prefieren combinar solo tres frutas y elegir su jugo de fondo. Cada ensalada puede ser una experiencia nueva”, señaló Von Schocher.
En El Estadero, la adaptación responde muchas veces a necesidades puntuales. “Hay gente que te dice que es diabética o que no consume banana o uva. Entonces le preparamos una ensalada especial, de acuerdo con lo que pueda comer”, explicó Garcete. El jugo de naranja, además de aportar sabor, cumple una función práctica: “La ensalada lleva cítricos, eso ayuda a que la banana y la manzana no se oxiden”.
Si bien la ensalada de frutas se consume todo el año, el verano marca una diferencia. Desde Quiero Fruta aseguran que la demanda es bastante estable, aunque aumenta con el calor: “Es un producto frío y refrescante. En esta época es full ensalada y açaí”. En El Estadero, diciembre tiene un protagonismo especial. “Todo el mes es fuerte, pero el 24 y el 31 son los días que más se vende. Mucha gente compra para preparar el clericó”, comentó Garcete, reflejando una tradición que se repite generación tras generación.
Ambas marcas también comparten la apuesta por la producción local. “Es una cuestión de logística, de precio y también de apoyar lo nacional”, afirmó Von Schocher. En esa misma línea, El Estadero prioriza frutas frescas y elabora según la demanda diaria: “Se prepara para el día. Con los años ya sabés cuánto hacer según el clima. Generalmente no sobra”.
Mientras Quiero Fruta atraviesa un nuevo proceso de expansión con la meta de alcanzar los 100 locales, El Estadero se prepara para cumplir 35 años de trayectoria. Dos caminos distintos, pero una misma esencia: fruta fresca, preparada en el momento y pensada para refrescar.
Un clásico que no pasa de moda
Tradición o innovación, formato clásico o personalizado, ambas propuestas coinciden en algo: la ensalada de frutas sigue siendo protagonista del verano paraguayo.
Colorida, fresca y versátil, se adapta tanto al paseo de la tarde como a la mesa navideña. En un contexto en el que cada vez más personas buscan opciones naturales y menos procesadas, este clásico demuestra que lo simple nunca pasa de moda. Porque cuando el calor aprieta, pocas cosas resultan tan reconfortantes como un vaso frío lleno de color, jugo y frescura.
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