La marca nació en 2009 de la mano de la madre y la tía de Laura González, quienes construyeron una clientela fiel enfocada principalmente en tés y productos dulces. Sin embargo, el proyecto cerró algunos años después por motivos personales.
Recién en 2021, Hernán decidió devolverle vida a la marca. “Siempre me gustó mucho la gastronomía. Un día probé una comida en la casa de mi novia y pensé: ‘No puede ser que esto se quede en una heladera. Esto hay que hacer conocer’”, recordó.
Comenzó vendiendo únicamente dos productos durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo: el flan de leche condensada, que hasta hoy continúa siendo uno de los productos insignia de la marca, y el lemon pie.
Los pedidos se recibían exclusivamente por WhatsApp entre amigos, familiares y conocidos. “La gente confió porque sabía que siempre fui muy apasionado por la gastronomía y que no iba a ofrecer cualquier cosa. En 2022 volvimos a hacer lo mismo para Navidad y Año Nuevo. Luego, en 2023, ya trabajamos todo el año con pedidos 24 horas”, comentó.
Más adelante, en 2024, se dio la apertura de su primer local físico, un pequeño espacio destinado exclusivamente al retiro de pedidos. “Era un local muy chico, pensado para pick up. Teníamos una heladera y apenas una mesa, pero fue el inicio de una nueva etapa”, señaló.
Con el aumento de la demanda también llegó la diversificación de la oferta. A los postres comenzaron a sumarse opciones saladas, como tartas y sándwiches, mientras el equipo seguía desarrollando nuevas recetas familiares que todavía esperan su momento para incorporarse al menú. “Tenemos muchísimas recetas que todavía no lanzamos porque preferimos crecer paso a paso y asegurarnos de que cada producto salga perfecto antes de presentarlo”, explicó.
A finales de 2025 apareció la oportunidad de mudarse a un espacio mucho más amplio. Durante un recorrido por una galería comercial, Hernán encontró el local que buscaba. “Le saqué una foto, escribí para consultar y prácticamente tomé la decisión en ese momento. Yo quería un lugar donde la gente pudiera quedarse, disfrutar y vivir la experiencia completa”, relató.
Hoy Guappas cuenta con un salón con más de 15 mesas y capacidad para unas 30 personas, además de incorporar una cafetera profesional y trabajar con marcas nacionales de café. “Nosotros no somos solamente un cafecito. Tenemos café, obviamente, pero también nuestros dulces, nuestros salados y una cocina muy sólida basada en recetas familiares”, afirmó.
Precisamente esa identidad familiar se refleja incluso en el nombre de los platos. Cada preparación homenajea a algún integrante de la familia, transformando el menú en una especie de álbum gastronómico.
Uno de los sándwiches más conocidos lleva el nombre de Domingo, en honor al padre de Laura. Otro recuerda al abuelo de la familia bajo el nombre “Para Papi”, mientras que algunos llevan los nombres de hermanos y otros familiares. Incluso uno de los cafés más pedidos, el Big Mama, nació inspirado en la manera en que la abuela disfrutaba su café con leche, servido en una taza grande y bien espumoso. “Nuestra esencia es la cocina de familia. Cada receta tiene una historia detrás y quisimos que eso también se reflejara en los nombres”, detalló.
Actualmente, entre los productos más solicitados se encuentran los rolls de canela, el flan de leche condensada, los diferentes tipos de mbejú —tradicional, mixto, doble queso, capresse y roquefort—, además de una línea de sándwiches gourmet preparados con pan ciabatta, carnes, pollo, queso brie, roquefort, tomates secos y reducciones de aceto balsámico.
Antes de incorporar cada producto a la carta, el equipo realiza numerosas pruebas hasta alcanzar el equilibrio de sabores buscado. “Hicimos el mismo sándwich cinco veces, cambiando ingredientes, sacando y agregando cosas hasta encontrar la combinación ideal. Nos gusta experimentar hasta que el resultado sea exactamente el que queremos ofrecer”, comentó.
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