“Desde chica dibujo y pinto; la mayoría de las cosas las aprendí sola. Siempre me gustó pintar cuadros y quería ofrecer eso”, contó Darmy sobre los inicios de su emprendimiento. Su enfoque inicial estaba en técnicas como acrílico y óleo, pero fue el auge de ciertos estilos durante la pandemia lo que la impulsó a llevar su arte al público de manera profesional.
El proyecto comenzó de forma digital: página de Facebook, pedidos en línea y diseños personalizados. “Empecé ofreciendo diferentes tamaños y estilos, y durante el primer y segundo año tuve muchos pedidos”, recordó Darmy. Su propuesta fue bien recibida: los clientes podían elegir desde mandalas y puntillismo hasta ilustraciones de mascotas, flores o elementos decorativos para la cocina. Cada pieza se realiza bajo pedido, con un alto nivel de personalización según lo que el cliente solicita.
A pesar de su dedicación artística, Darmy no abandonó su carrera profesional. Se recibió de arquitecta hace dos años y actualmente trabaja en una constructora, cumpliendo con una jornada laboral de ocho horas. Sin embargo, la pasión por la pintura la lleva a organizarse cuidadosamente: prepara materiales, gestiona pedidos y realiza reuniones con clientes después de su jornada laboral. “Cuando llego a casa me pongo a hacer las pinturas, preparo todo y después hago las reuniones con los clientes”, explicó.
Los precios de sus obras varían según el tamaño y la complejidad, partiendo de G. 30.000 por un círculo de 15 cm de diámetro, con incrementos proporcionales a medidas mayores o pedidos más detallados. El tiempo de entrega también depende de la demanda: si hay muchos pedidos, se solicita al menos cuatro días de anticipación; en períodos más tranquilos, puede entregarse en 24 horas.
Además de la pintura tradicional, Darmy amplió su oferta hacia la ilustración digital, un recurso que durante la pandemia permitió a muchos clientes tener retratos de sus familiares o mascotas. Estas ilustraciones se imprimían y se enviaban en portarretratos, llegando directamente al hogar del cliente, una modalidad que la joven emprendedora manejó desde su domicilio en el barrio San Pablo, sin necesidad de un local físico.
El nombre del emprendimiento, Ataraxia, refleja la filosofía de Darmy: transformar el proceso creativo en un estado de calma y satisfacción, tanto para quien pinta como para quien recibe la obra. “Es como me siento cuando hago lo que me gusta, que en este caso sería la pintura”, aseguró.
Hoy, Ataraxia no solo es un proyecto comercial: es un ejemplo de cómo la creatividad y la organización personal permiten combinar la vida profesional, los estudios y la pasión por el arte. Darmy ha logrado llevar su talento a la comunidad, ofreciendo productos únicos, personalizados y con una historia detrás de cada trazo.
Con cada nueva obra, Ataraxia demuestra que el emprendimiento puede nacer de una pasión, adaptarse a los desafíos del contexto y, sobre todo, llevar serenidad y creatividad al día a día de quienes aprecian el arte hecho a mano.
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