Encina aclaró que cuando se habla de energía limpia, en Paraguay se hace referencia exclusivamente a la matriz eléctrica, ya que el 100% de la electricidad que se consume en el país proviene de fuentes hidroeléctricas. Sin embargo, la matriz energética —que abarca todas las formas de energía que utiliza un país, como transporte, industria, calefacción, cocción y maquinaria agrícola— muestra una realidad muy distinta.
Actualmente, la matriz energética paraguaya se compone en un 40% de biomasa, otro 40% de derivados del petróleo y solo un 20% de electricidad. “Eso significa que, de todas las actividades que se desarrollan en el país, apenas una quinta parte utiliza energía eléctrica”, explicó Encina. La biomasa sigue presente en calderas y leña, mientras que los combustibles fósiles dominan el transporte y la actividad agrícola.
En ese contexto, la llamada transición energética —reemplazar combustibles fósiles por electricidad— aparece como un objetivo global para reducir el impacto del cambio climático. No obstante, Encina sostuvo que hoy no representa la principal prioridad para Paraguay, ya que el país no enfrenta el problema de generación contaminante que sí afecta a otras naciones. “Nuestra electricidad ya es limpia; el desafío pasa por otro lado”, afirmó.
Ese otro lado es el crecimiento acelerado de la demanda. Según datos de la ANDE, en 2025 el consumo eléctrico creció un 12,5%, y en 2024 Paraguay ya utilizó el 65% de la energía que le corresponde de Itaipú y Yacyretá. Si la tendencia se mantiene, el país podría agotar toda su disponibilidad energética entre 2030 y 2033.
“El problema que se viene no es teórico, es práctico”, advirtió Encina. En horarios de punta —entre la 13:00 y las 15:00, y de 18:00 a 21:00— el sistema podría enfrentar dificultades para abastecer la demanda si no se incorporan nuevas fuentes de generación. En ese escenario, Paraguay debería importar energía más cara o afrontar cortes parciales.
La diversificación de la matriz eléctrica, que implica sumar fuentes solares, eólicas, baterías u otras tecnologías, históricamente no avanzó por una razón simple: el costo. “Mientras la hidroeléctrica siguió siendo más barata, no existió incentivo para cambiar”, afirmó el titular del IEEE Cono Sur. Sin embargo, el escenario actual obliga a replantear esa lógica.
Frente a esta situación, Encina destacó el Plan Maestro de la ANDE 2024-2043, que proyecta inversiones por US$ 12.700 millones en 19 años, es decir, unos US$ 700 millones anuales. El contraste es fuerte: en los últimos años, la inversión promedio total rondó los US$ 300 millones, incluyendo transmisión, distribución y generación. “Hoy necesitamos, solo para generación, más del doble de lo que se venía invirtiendo en todo el sistema”, señaló.
Ante esa brecha, el ingeniero planteó dos caminos: aumentar fuertemente la inversión estatal o incorporar de manera decidida al sector privado en la generación de energía. En ese marco, valoró la Ley de Energías Renovables no convencionales impulsada por el Gobierno, que busca facilitar la participación privada en nuevas fuentes de generación e integrarlas al sistema eléctrico nacional.
“El desafío es encontrar el equilibrio”, remarcó Encina. El capital privado necesita rentabilidad, el sector público busca eficiencia y el consumidor final requiere tarifas accesibles. “Si no hacemos nada, vamos a terminar importando energía mucho más cara. La decisión es ahora”, concluyó.
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