El punto de partida fue un terreno en San Bernardino y varios containers que formaban parte de la herencia familiar. A partir de allí, Adriana impulsó un emprendimiento que combinó creatividad, reciclaje y una mirada humana sobre la hospitalidad. El concepto se apoyó en la reutilización de materiales y en la construcción de un espacio que trascienda lo meramente funcional.
En el desarrollo del proyecto resultó clave el rol de su esposo, Richi Rey, quien lideró la obra desde su conocimiento en construcción y fiscalizó cada detalle técnico. Juntos diseñaron gran parte del mobiliario, reutilizando muebles y objetos personales de Juan Carlos Álvarez. Richi también creó de forma artesanal los veladores y elementos decorativos a partir de objetos reciclados, dotando a cada cabaña de una identidad propia.
La impronta familiar se reforzó con el aporte de Agustina Graciela, madre de Adriana, quien seleccionó tejidos, colores y texturas para dar calidez a los espacios. Sus hermanos y los de Richi acompañaron el proceso desde el inicio, aportando apoyo y miradas críticas que ayudaron a mejorar la experiencia del alojamiento.
El camino no estuvo exento de dificultades. Durante la obra, el proyecto sufrió el robo de uno de los containers, que Richi logró recuperar en septiembre de 2022, en una fecha muy significativa para la familia. La construcción comenzó en junio y finalizó el 1 de diciembre de ese año, aniversario de Juan Carlos Álvarez. El nombre Don Juan Carlos funciona como un homenaje directo a su legado.
Hoy, el alojamiento cumple tres años de funcionamiento y transita su cuarto verano con resultados sólidos: ocupación total en temporada alta, un promedio del 60% en temporada media y baja, y reservas completas todos los fines de semana del año. Desde su formación en Comunicación Social, Adriana articuló la identidad del proyecto y desarrolló una comunicación alineada a un estilo de vida creativo y en contacto con la naturaleza.
Cada cabaña cuenta con piscina y quincho de uso exclusivo, cocina equipada, aire acondicionado, Wi-Fi, ropa de cama y toallas. El predio de 500 m2 alberga tres cabañas con circulación abierta, espacios verdes cuidados y una propuesta pet friendly, pensada para el descanso y la desconexión.
Para Adriana, el lujo no se define por lo ostentoso, sino por el bienestar que se vive en el lugar. Naturaleza, comodidad, diseño con identidad y atención cercana construyen una experiencia diferente. Las tarifas varían según la temporada, con propuestas como el fin de semana completo para dos personas a G. 995.000, además de promociones entre semana y descuentos por estadías prolongadas.
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