Natalia Antola Guggiari, directora general de Patrimonio Cultural de la Secretaría Nacional de Cultura, explicó que esta exposición no solo muestra reliquias del pasado; más bien, hace una invitación a repensar el rol de las mujeres como agentes de resistencia, organización y legado cultural.
“Tenemos los 3 libros de las intenciones de donaciones de joyas de las mujeres. Aquí manifiestan cada una cuántas estarían dispuestas a donar. Ejemplo: Juana María González y sus hijas donan 2 zarcillos de oro con incrustaciones de coral, 2 collares, etc. Una a una están anotados los nombres, qué joyas donan y cuánto pesa cada una. Después el Mariscal dice: no, yo no puedo aceptar que ustedes se despojen de sus pertenencias; voy a aceptar solo una parte de eso. Tenemos un cuarto libro que está hoy en poder del Museo Juan Sinforiano Bogarín, y nos lo dieron en préstamo. En este libro podemos encontrar las que fueron aceptadas”, detalló Natalia.
Cada entrada revela la magnitud del sacrificio. Las joyas eran, en ese entonces, la única posesión verdaderamente propia de las mujeres: aquello que no se heredaba ni estaba sujeto al control masculino. El gesto quedó inmortalizado en el célebre Libro de Oro, una obra artesanal de más de 10 kilos, confeccionada con materiales de altísima calidad para la época: tapas de oro y plata, grabados de campaña y páginas elaboradas con pergamino hecho a partir del estómago de terneros, técnica reservada para documentos de máximo prestigio.
“El Libro de Oro sería como un resumen que hace este grupo de mujeres en homenaje al Mariscal López, donde se colocan cada uno de los pueblos o ciudades que formaron parte de la colecta, y donde firma cada una de sus representantes. No firman todas las mujeres, porque fueron más de 1.000 las que se habían reunido frente a lo que hoy es el Hotel Guaraní. Este encuentro, esta reunión de mujeres, fue la primera reunión femenina”, relató.
Las firmas de figuras históricas como Alicia Elisa Lynch, Juanita Pessoa y Juana Paula Carrillo siguen intactas en el Libro de Oro, recordando la huella de quienes lideraron esta movilización femenina sin precedentes.
La exposición incluye también una colección de peinetas, las famosas Kyguaverá, piezas hechas en hueso y adornadas con incrustaciones de oro o piedras accesibles para la época. Más allá de su valor estético, estas peinetas simbolizan el desprendimiento de mujeres cuyos bienes eran escasos, pero cuya determinación fue enorme. “Deshacerse de estas joyas era resignar su único patrimonio personal: un acto de entrega profunda que dimensiona el sacrificio de nuestras antepasadas”, resaltó Natalia.
El recorrido integra obras de artistas contemporáneas paraguayas que dialogan con el pasado desde un lenguaje moderno. Entre ellas destaca “Mujer pilar equilibrista”, de Mónica González, una pieza emblemática que participó en la Bienal de São Paulo de 1993. Construida con materiales cotidianos, la obra refleja la carga emocional y las múltiples responsabilidades que sostienen las mujeres en su vida diaria. “Somos equilibristas”, dice Antola. “Pilares invisibles de la familia y la comunidad”.
Otra obra central es la de Claudia Casarino, exhibida en la Bienal de Venecia. Tres vestidos (uno dentro del otro) representan la transmisión generacional de saberes, identidades y resiliencias. La pieza se inspira en la figura de la Pynandi, una mujer paraguaya retratada descalza y en harapos tras la guerra, ícono del duelo y la fortaleza nacional.
La muestra se completa con una pintura de Modesto González (1889), que presenta una nueva postura femenina: ya no abatida, sino erguida, altiva y firme, simbolizando el renacimiento del país de la mano de sus mujeres.
La exposición recuerda por qué Paraguay fue conocido en el mundo como “el país de las mujeres”. Fueron ellas quienes sostuvieron al país tras la guerra, quienes criaron generaciones enteras, transmitieron oficios, mantuvieron vivas las tradiciones y, décadas después, lucharon por derechos esenciales como el voto, el divorcio o la propiedad.
“Somos la herida y la curación al mismo tiempo, y aunque aún falta, hemos avanzado gracias a las precursoras que abrieron el camino”, reflexionó Antola.
Si bien no es la primera vez que se exhibe el Libro de Oro, no permanece expuesto de manera permanente para garantizar su conservación. Por ello, la SNC selecciona momentos simbólicos del calendario nacional, como el 24 de febrero, para acercarlo al público. Todos los documentos utilizados en la muestra están digitalizados y disponibles en la página web del Archivo Nacional, facilitando la investigación y el acceso democrático al patrimonio.
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