Aunque el nombre se popularizó en redes sociales y campañas de marketing, la Dra. Sandra Genes, especialista en medicina estética y CEO de SG Clinic, aclara que no se trata de un producto diferente. “El baby botox es realmente la misma toxina botulínica que utilizamos siempre. Se prepara exactamente igual; la única diferencia está en la cantidad de dosis que aplicamos y, por supuesto, en el efecto que buscamos en cada paciente”.
Antes de realizar cualquier procedimiento, la especialista destacó que la consulta médica es una etapa indispensable. El tratamiento no responde a un protocolo único, sino que se adapta a las características, necesidades y expectativas de cada persona.
“Lo primero es conocer al paciente. Hacemos una historia clínica completa, evaluamos sus antecedentes, su rutina diaria, cómo gesticula, qué busca y si realmente este tratamiento es el indicado para él o ella”, comentó.
Una vez realizada la evaluación facial, el procedimiento consiste en pequeñas aplicaciones mediante inyecciones en las zonas previamente definidas. Posteriormente, el paciente regresa a control entre 15 y 20 días después para valorar el resultado y, si fuera necesario, realizar algún retoque. En promedio, el efecto dura entre cuatro y seis meses, por lo que la mayoría de las personas realiza dos aplicaciones al año.
Según Genes, el baby botox está especialmente indicado para dos tipos de perfiles de pacientes. El primero corresponde a personas jóvenes que desean iniciarse en la medicina estética de manera gradual. “Muchas veces empezamos con dosis mínimas para ver cómo responde el rostro. Si el paciente desea reforzar alguna zona, podemos hacerlo después”, explicó.
Otro grupo frecuente está conformado por personas que tuvieron malas experiencias con aplicaciones tradicionales y buscan recuperar la confianza. “Hay pacientes que llegan diciendo que una vez quedaron completamente congelados y no quieren volver a pasar por eso. Con el baby botox recuperan esa naturalidad y vuelven a sentirse cómodos con el tratamiento”, señaló.
Aunque no existe una edad universal para comenzar, Genes recomienda evaluar este tratamiento a partir de los 23 o 25 años, salvo casos específicos en los que exista una marcada hiperactividad muscular que favorezca la aparición temprana de líneas de expresión. “Hay personas de 22 años que prácticamente no tienen arrugas y otras que, por genética o por gesticular mucho, ya presentan líneas muy marcadas. Cada caso debe analizarse de manera individual”, sostuvo.
Además del beneficio estético, Genes comentó que muchos pacientes perciben cambios en su expresión facial cotidiana. “Muchos me dicen que incluso sienten que ya no tienen esa expresión permanente de enojo, porque el entrecejo deja de marcarse tanto. Incluso existen estudios que analizan esa relación”, comentó.
Otro cambio que se observa en el consultorio es el crecimiento de la demanda masculina. “Los hombres se cuidan cada vez más. Muchos ocupan cargos de liderazgo o trabajan de cara al público y buscan verse descansados, pero sin que nadie note que se realizaron un procedimiento”, indicó.
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