Raúl Valdez: “Lo que abre el proceso de industrialización de la soja es la cadena de valor y la utilización local de productos”

(Por SR) Paraguay tuvo una producción récord de soja y cuenta con capacidad industrial para transformar más grano en harina, aceite y biodiésel. Desde Cappro sostienen que el gran desafío es optimizar la capacidad instalada y convertir al país en un hub de proteínas y bioenergía.

La soja es uno de los principales motores del agronegocio paraguayo, pero su potencial va mucho más allá de la exportación del grano en estado natural. En un escenario de producción récord y con una industria ya instalada, la Cámara Paraguaya de Procesadores de Oleaginosas y Cereales (Cappro) plantea que el país tiene una oportunidad concreta: capturar más valor dentro del territorio nacional.

Raúl Valdez, presidente de Cappro, explicó que el debate sobre la soja muchas veces se concentra en el volumen producido, pero no siempre en todo lo que puede generarse a partir de su industrialización. Según señaló, los derivados de la soja pueden tener alrededor de 300 usos o aplicaciones en alimentos, biotecnología, bioplásticos, energía e industria.

“A veces hablamos mucho de soja, pero se sabe poco de la capacidad de transformación que tiene”, afirmó Valdez durante una charla en la FEPY, donde abordó el potencial de la agroindustrialización de oleaginosas en Paraguay.

Actualmente, el país cuenta con una capacidad de procesamiento equivalente a entre el 40% y el 50% de la producción total de soja. En años normales, con una cosecha de entre 10 millones y 11 millones de toneladas, eso representa una capacidad cercana a 4,5 millones de toneladas. Sin embargo, esa infraestructura todavía no se utiliza en su totalidad.

Del procesamiento de la soja se obtienen principalmente harina y aceite. Cerca del 70% del producto industrializado se convierte en harina de soja, un insumo de alto contenido proteico utilizado especialmente en la producción de raciones para aves y cerdos. Otro 24% se transforma en aceite desgomado, que puede destinarse tanto al consumo humano, luego de su refinamiento, como a la producción de biodiésel.

Este punto conecta directamente con dos sectores que vienen ganando protagonismo: la producción de proteína animal y la generación de biocombustibles. Para Cappro, la industrialización de la soja permite encadenar la producción agrícola con la avicultura, la porcicultura y la bioenergía, generando más ingresos, más mercados y mayor competitividad.

“En vez de pensar en exportar productos sin valor agregado, lo que abre el proceso de industrialización de la soja es justamente la cadena de valor y la utilización local de esos productos”, sostuvo Valdez.

El titular de Cappro remarcó que Paraguay puede convertirse en un hub de proteínas y bioenergía para el mundo. En esa línea, destacó las inversiones que se están realizando en producción de cerdos y aves, así como la apertura de nuevos mercados mediante acuerdos comerciales como los del Mercosur y otros entendimientos bilaterales, entre ellos Singapur.

La diferencia entre vender grano e industrializarlo también se nota en el destino de las exportaciones. Según Valdez, cerca del 80% de las exportaciones de soja en estado natural se concentra en Argentina, mientras que gran parte del resto va a Brasil. Esta situación genera una alta dependencia de pocos mercados regionales.

En cambio, los derivados industrializados de la soja ya llegan a más de 40 destinos internacionales, entre ellos países del sudeste asiático, África y Europa. De hecho, alrededor del 30% de la harina de soja paraguaya tiene como mercado principal a la Unión Europea.

Para Valdez, el agregado de valor permite mejorar la competitividad de Paraguay, especialmente por su condición de país mediterráneo. Exportar commodities de bajo valor a mercados lejanos resulta más complejo por los costos logísticos y las limitaciones de salida al mar. Los productos industrializados, en cambio, abren la puerta a mercados más diversos y exigentes.

En 2025, con una producción que supera los 12 millones de toneladas de soja, la industria estima procesar cerca de 3 millones de toneladas, equivalente a entre el 25% y el 30% del total. Valdez indicó que el primer semestre comenzó con buen ritmo, aunque el desempeño del segundo dependerá de los precios internacionales y de las condiciones de competitividad.

“Arrancamos bien, vamos a terminar el primer semestre muy bien, pero el segundo semestre es todavía una incógnita”, señaló.

Uno de los puntos centrales, según Cappro, es que antes de pensar en nuevas inversiones el país debe optimizar la capacidad ya instalada. Actualmente, Paraguay cuenta con infraestructura industrial operativa, pero utiliza solo alrededor del 70% de esa capacidad.

“No estamos hablando de inversiones que van a llegar, estamos hablando de capacidad que hoy está instalada, que hoy está funcionando y que se está subutilizando”, afirmó Valdez.

El biodiésel aparece como otro factor clave para dinamizar la demanda interna de aceite de soja. La reforma de la ley de biocombustibles permite que el Ministerio de Industria y Comercio establezca una mezcla obligatoria con una base del 5% y un tope de hasta el 20% de biodiésel derivado del aceite de soja.

Para Cappro, esta medida puede estimular la industrialización local, aunque todavía requiere ajustes.

Valdez advirtió que los beneficios fiscales no alcanzan plenamente a la soja ni al productor, lo que puede obligar a definir si conviene exportar el aceite o venderlo a la industria local.

El desafío, según el gremio, es articular la ley de biocombustibles con otros estímulos a la producción y a la industrialización, de manera que el beneficio alcance a toda la cadena. Así, la soja deja de ser solo un grano de exportación y se convierte en una plataforma para producir alimentos, energía, empleo, divisas y mayor desarrollo industrial dentro del país.

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