Repensar la inteligencia en tiempos de IA: de la diversidad de saberes humanos al desafío de integrar máquinas sin perder valores esenciales

Durante ExpoNegocios, el filósofo argentino Tomás Balmaceda invitó a repensar qué entendemos por inteligencia y cómo la llegada masiva de la IA obliga a una transformación cultural, no solo en cuestiones técnicas. El verdadero desafío de esta era estará en integrar la tecnología sin perder los valores humanos, entendiendo que el impacto de la IA atraviesa generaciones, redefine el trabajo y plantea nuevas preguntas éticas sobre el futuro de la sociedad.

Su charla hizo un recorrido histórico, mitológico y filosófico para subrayar que la discusión sobre la IA debe centrarse en las personas y en los valores que queremos preservar.

Balmaceda recordó que la idea de quién es “inteligente” no siempre fue universal: durante siglos el llamado “club de los inteligentes” excluyó a mujeres, a personas por su color de piel e incluso a determinadas formas de vida. Hoy ese club se agranda y reclama nuevos integrantes: las máquinas.

El filósofo sostuvo que es un error pensar en la inteligencia como algo único. Ser inteligente depende de la ocupación y el contexto: no es lo mismo la inteligencia de un futbolista que la de un cirujano o la de un mecánico. Por eso, reducir la inteligencia a lo que las máquinas realizan bien es perder de vista la diversidad de saberes humanos que siguen siendo insustituibles.

Las máquinas a lo largo de la historia

Para explicar que la fascinación por crear inteligencias no humanas viene de muchos años atrás, Balmaceda repasó mitos clásicos como el de Pandora: “los griegos ya imaginaban seres fabricados, estatua viviente dotada de dones”, dijo, y lo tomó como antecedente cultural de los robots y las inteligencias que hoy desarrollamos. También recurrió a Descartes para mostrar que la interrogante sobre si una máquina puede ser como un humano no es nueva; lo nuevo es que hoy algunas máquinas sí pueden conversar y simular empatía.

En ese sentido, Balmaceda mencionó que, según análisis recientes, uno de los usos principales de herramientas como ChatGPT, una de las IA más utilizadas, no es la productividad técnica sino la compañía emocional. “La IA se usa mucho hoy como amigo: ofrece conversación y cercanía”, explicó Balmaceda.

Más allá de la fascinación tecnológica, el filósofo insistió en que la discusión debe trasladarse del aparato a la sociedad. “No hay que pensar la IA en el vacío”, advirtió: sus efectos atraviesan generaciones, transforman prácticas culturales y reconfiguran mercados laborales. Por eso propuso mirar la IA como un fenómeno transgeneracional que exige nuevos marcos educativos, laborales y normativos.

Frente al temor legítimo de reemplazo laboral, Balmaceda propuso una lectura proactiva: la revolución tecnológica es una oportunidad para decidir cómo queremos que sea la IA. Las habilidades que hoy deben priorizarse no son sólo técnicas sino humanas: pensamiento crítico, adaptabilidad, resiliencia y un conjunto de valores —un “value set”— que definan cómo integrar estas herramientas sin perder la dimensión humana.

En clave práctica, el filósofo pidió aprovechar espacios como ExpoNegocios para debatir políticas y prácticas: desde educación orientada a nuevas competencias hasta regulaciones que prioricen la seguridad, la transparencia y la protección social. También subrayó la urgencia de formar ciudadanos capaces de participar en la conversación sobre el diseño y el uso de la IA, no meramente como consumidores sino como actores que modelan su desarrollo.

El cierre de su intervención fue una llamada a la responsabilidad colectiva: estamos viviendo una revolución que, aunque cansadora, es única en la historia. Balmaceda recordó que las revoluciones previas dejaron lecciones —a veces amargas— sobre los costos sociales no previstos. Esta vez, dijo, “podemos ser protagonistas de la revolución”: elegir tecnologías eficaces que, simultáneamente, conserven y fortalezcan lo humano.

La lección principal de Balmaceda en ExpoNegocios fue que la llegada de la IA exige pensar menos en “qué puede hacer la máquina” y más en “qué sociedad queremos construir con esa máquina”. El desafío no es tecnológico únicamente; es cultural, ético y político.

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