Benítez es originaria de la comunidad Fischat, en Laguna Escalante, una zona ubicada al sur, en la frontera entre Paraguay y Argentina. Su clan tiene sus raíces en la zona del Algarrobal, cerca de Padilla Cuenca. “Soy nivaclé; como mujer, soy nivachei”, afirma al hablar de una identidad que, según explica, atraviesa cada una de sus creaciones.
“Mi vínculo con el arte comenzó durante la infancia, acompañando a mis padres y abuelas en la búsqueda y preparación del caraguatá, una de las fibras tradicionales utilizadas por el pueblo nivaclé. El proceso forma parte de la vida cotidiana y es también un espacio de aprendizaje y convivencia. Uno disfruta de su niñez con el paso del tiempo, acompañando a los padres, acompañando a las abuelas, buscando ese material tan importante que es el caraguatá”, recuerda.
Desde pequeñas, las niñas aprendían a limpiar la fibra, preparar el hilo y, posteriormente, trabajar con ella. Ese conocimiento se transmitía a través de la convivencia y la observación. Para Benítez, esa experiencia representa la primera escuela, aquella en la que enseñan la abuela y la tía. Es un espacio donde, mientras se realizan las tareas, se conversa, se comparte y se construye memoria. “Ese tiempo uno no se olvida, está ahí, está siempre presente”, sostiene.
Con el paso de los años, el arte adquirió para ella una dimensión todavía mayor. Lo define como un lenguaje capaz de conectar culturas y personas. “El arte es diálogo: en el silencio, en la mirada, en la sonrisa, en la presencia. Es una herramienta de interculturalidad: permite mostrar quiénes son, intercambiar experiencias y acercar su identidad a otras personas”, dice.
Pero detrás de cada pieza existe un proceso que muchas veces no queda reflejado en el precio final. La recolección de materiales, la limpieza de la fibra, la preparación del hilo y el tejido requieren tiempo y conocimiento. Para Benítez, ese proceso debería ser reconocido como parte del valor de la artesanía.
En sus creaciones, las artesanas buscan, además, transmitir una conexión directa con el territorio. “Queremos que la persona tenga un pedazo de aquel monte”, explica. Cada accesorio pretende llevar consigo una parte de esa naturaleza y, al mismo tiempo, transmitir un mensaje de respeto y protección hacia el monte, las plantas y los recursos que sostienen su cultura.
La artesanía también se convirtió en una vía para visibilizar el trabajo de las mujeres indígenas. Benítez recuerda que durante mucho tiempo el arte nivaclé permaneció silenciado e invisibilizado, una situación que comenzó a cambiar con la organización de las artesanas a partir del año 2000.
El objetivo fue mostrar la sabiduría y capacidad productiva de las mujeres, abrir caminos para que más artesanas pudieran organizarse y, sobre todo, fortalecer su autoestima. La organización llegó a reunir a 95 mujeres, pero la pandemia de COVID-19 provocó una fuerte reducción y actualmente son 54 artesanas, dedicadas a diferentes rubros: crochet, panadería, confitería, tejidos de lana, algodón y caraguatá, además de trabajos con semillas.
Estas últimas también tienen un significado simbólico. “Las semillas del coco y otras plantas de la región representan la transmisión generacional. Somos semillas de los que ya pasaron. Y ahora, como semilla, tengo que brotar para sembrar la otra semilla”, reflexiona.
La necesidad de preservar el oficio también llevó a incorporar nuevos materiales. Ante el riesgo de pérdida de recursos naturales, las artesanas comenzaron a utilizar mostacillas, pero manteniendo los diseños y colores propios de su cultura. “Sea cual sea el material, tu identidad tiene que estar”, sostiene.
El cambio también alcanzó la comercialización. Benítez señala que anteriormente el hombre tenía mayor protagonismo como vendedor, mientras las mujeres permanecían detrás de la producción. Hoy son las propias artesanas quienes producen, promocionan y ofrecen sus productos, generando ingresos que impactan directamente en sus hogares.
La actividad incluso se amplió hacia otros productos de la naturaleza, como la recolección de semillas, frutas silvestres y, especialmente, el algarrobo, cuya harina posee demanda en otros mercados y puede alcanzar precios elevados.
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