Raquel Martínez: “El piso es el primer maestro zen. Caerse, golpearse y seguir, el riesgo es parte de la escena y de la vida”

(Por BR) Raquel Martínez inició su carrera como actriz hace 20 años en la Escuela de Arte Dramático (EMAD) “y un poco más estoy navegando en esta experiencia del aprendizaje teatral como actriz y como ser humano”, dijo. Pero, lejos de encontrar certezas, terminó con más preguntas que respuestas. “Era muy joven y tenía esa rebeldía innata que me movilizó a buscar otros lugares”, confesó.

En esa búsqueda se encontró con el maestro Wal Mayans y la experiencia colectiva de Tierra Sin Mal, un espacio que se convirtió en su verdadera escuela durante casi dos décadas. Allí aprendió que el teatro no es solo escenario: es comunidad, cultura de grupo y compromiso social. “No solamente fue mi historia como actriz, fue mi historia como ser humano. La experiencia de viajar, enfrentar públicos más exigentes y sostener espacios culturales me transformó profundamente”, comentó.

Uno de los sellos de esa formación fue el trabajo de laboratorio, un espacio de investigación constante donde el actor no se preparaba solo para la puesta en escena, sino para expandir sus recursos. “Era un poco de todo: tocar un instrumento, trabajar la voz, aprender un idioma si la obra lo pedía. Nos lo tomábamos muy en serio. La disciplina y la obstinación se volvieron mi manera de trabajar”, dijo Martínez.

Wal Mayans formó parte esencial de su proceso de aprendizaje, transmitiendo la metodología adquirida de Eugenio Barba —director de escena italiano y creador, junto con Nicola Savarese y Ferdinando Taviani, del concepto de antropología teatral—. “Wal fue quien introdujo y desarrolló el trabajo de laboratorio, donde el actor no se preparaba únicamente para los espectáculos, sino que, encerrado en sala, buscaba integrar otros aprendizajes”, relató.

Hoy, Raquel busca transmitir lo mismo a sus alumnos. “Trato de dar la impronta que me sirvió para crecer: ser honesta en escena porque detrás hay un entrenamiento previo que me da seguridad”, mencionó.

Aunque muchos la reconocen también como directora, Raquel no se asume como tal. “La dirección fue un accidente en mi vida. Yo soy actriz, y desde mi ser actriz comparto lo que sé. No quiero pasar por alto tantas cosas, por eso a veces termino dirigiendo, pero mi definición siempre es ser actriz”.

Su pasión la llevó a experiencias desafiantes, como la puesta de Fausto en Punta Karapã, donde sacó el teatro de los recintos tradicionales para llevarlo a las calles y al barrio. “Me gusta mezclarme con lo popular, con la gente. Fue genial trabajar con vecinos, con sus rutinas, con la vida real entrando en la obra. Fausto terminó siendo un Fausto Punta Karapã”.

Desde hace tres años, Raquel trabaja en una institución educativa formando nuevas generaciones de actores. Allí transmite técnica y su filosofía de vida. “Lo más importante es que quienes trabajan conmigo tengan la misma pasión, el mismo riesgo y, por qué no, la misma locura. En un año no puedo transmitir lo que me llevó 20 en entender, pero trato de dar premisas claras: fe en lo que hacen, disciplina, trabajo con el ego y la humildad”.

Para ella, el teatro es también aprender a caer y levantarse. “El piso es el primer maestro zen. Caerse, golpearse y seguir. Eso intento que mis alumnos comprendan: que el riesgo es parte de la escena y de la vida”.

En cuanto a la situación actual del teatro paraguayo, desde su perspectiva: “Avanzamos y retrocedemos. Vamos diez pasos hacia adelante y cincuenta hacia atrás. Es difícil hablar de evolución porque hay un problema mayor: la falta de asistencia social a los artistas. La escena teatral está en pausa porque no basta con tener más obras, necesitamos políticas culturales reales”.

“Abundan las escuelas de teatro, pero después, ¿dónde van a parar? No se estudia arte solo por hobby. Necesitamos más grupos independientes, nuevas salas alternativas y espacios de autogestión. El gran desafío es que los jóvenes tomen la posta y se apropien del país culturalmente”, agregó.

En cuanto a sus proyectos, Martínez sigue desafiándose. No cree en las zonas de confort y reconoce que el miedo la alimenta. Además, una de sus obras recientes, "Anatomía", fue nominada a los Premios Edda de los Ríos. “Con cada obra me desestabilizo, y eso me retroalimenta. Me replantea mi narrativa, mi estética, mi manera de contar historias. El teatro llegó accidentalmente a mi vida, pero me dio la posibilidad de ser una mujer con ideas fijas y convicciones. Hoy, todo lo que soy se lo debo a ese encuentro accidental con el teatro que terminó siendo mi manera de existir”.

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