Uno de los principales desafíos actuales del sector es la falta de información unificada sobre la cantidad de animales y criadores activos. Según Céspedes, esta situación impulsó a un grupo de productores a avanzar en la conformación de una asociación de criadores de Wagyu, con el objetivo de ordenar datos, formalizar la actividad y sentar las bases para un desarrollo más estructurado. “Con entre cinco y diez productores ya se puede dar el puntapié inicial y luego convocar a todos los que están trabajando con la raza”, afirmó.
El Wagyu no es una novedad reciente en Paraguay. La raza llegó hace varios años y fue desarrollándose de manera gradual, principalmente a través de importaciones de genética y cruzamientos con razas ya adaptadas al medio local. En el Chaco, por ejemplo, existen experiencias exitosas de cruzas con Santa Gertrudis, que dieron lugar a animales media sangre y octavos Wagyu. Estos animales hoy ya se destinan tanto a la producción de carne como a la comercialización de material genético.
La genética es uno de los pilares centrales del negocio. Céspedes explicó que los costos de importación varían según el prestigio internacional del toro y su desempeño productivo. “Hay embriones que se comercializan en torno a los US$ 2.500, mientras que reproductores de alto valor genético pueden alcanzar los US$ 10.000”, detalló. Parte de esta genética proviene de países como Australia, Estados Unidos, Uruguay, Argentina y Brasil, que lograron adaptar la raza a sistemas productivos más eficientes y a distintos climas.
Más allá del material genético, la demanda por carne Wagyu comienza a consolidarse en el mercado interno. En los últimos meses, el referente del sector recibió consultas desde distintos puntos del país, incluyendo Encarnación, Ciudad del Este y zonas fronterizas, además de restaurantes interesados en incorporar cortes premium a sus cartas. “Estamos armando una base de datos de compradores para cuando tengamos disponibilidad comercial, probablemente a partir del próximo año”, señaló.
Desde el punto de vista productivo, el Wagyu presenta diferencias importantes frente a otras razas de carne. Mientras el ganado tradicional suele enviarse a faena alrededor de los 24 meses y con un peso cercano a los 450 kilos, el Wagyu requiere un mayor tiempo de engorde para expresar su principal atributo: el marmoleo. Para alcanzar niveles óptimos de grasa intramuscular, el animal debe llegar a los 28 o 30 meses de edad, lo que implica una faena entre 550 y 600 kilos.
El marmoleo se mide mediante una escala internacional que va del 0 al 9. A partir del grado 5, la carne ya es considerada categoría prime en los mercados internacionales. Aunque en Paraguay aún no existen certificaciones formales, Céspedes estimó que algunos animales locales podrían alcanzar niveles de 6 o 7, comparables con estándares globales. Para validar estos resultados, el siguiente paso será contar con certificadores habilitados, como ocurre en otros países productores.
En términos de adaptación, el Wagyu muestra ventajas claras frente a las condiciones climáticas del país. Las líneas genéticas desarrolladas en Australia, con fuerte influencia de razas índicas como Brahman, demostraron una buena respuesta al calor. Actualmente, Australia es uno de los mayores productores mundiales de carne Wagyu cruza, lo que refuerza el potencial de adaptación en Paraguay.
Con genética disponible, una demanda en crecimiento y un mercado gourmet cada vez más interesado, el Wagyu se perfila como una oportunidad de alto valor agregado para la ganadería paraguaya. La organización de los productores será clave para transformar este nicho premium en un segmento con proyección sostenida dentro del negocio cárnico nacional.
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