Por qué nunca hay que “atropellar” un raudal: un mecánico explica el peligro real de cruzar calles inundadas

(Por NL) Con las lluvias torrenciales, las calles de Asunción y, especialmente, del departamento Central se convierten en trampas de agua. Ante el desborde de las arterias urbanas, muchos automovilistas toman la decisión de cruzar los raudales sin medir el impacto que esto puede tener sobre sus vehículos y, lo más importante, sobre sus vidas. En cuanto a los automóviles, esta decisión puede transformarse en un gran problema económico.

Para entender qué le ocurre realmente a un vehículo cuando entra en contacto con el agua, conversamos con Marcos Ayala, técnico superior en mecánica automotriz, con más de 30 años de experiencia, y propietario del Taller San Miguel, ubicado en el barrio Mburucuyá.

Según explica el especialista, la falla más recurrente cuando un vehículo ingresa al agua se produce en la parte electrónica. Aunque los sensores cuentan con capuchones herméticos de fábrica, el paso del tiempo y las altas temperaturas, acompañadas de calor y humedad, terminan por desgastarlos y romperlos. A esto se suma que los vehículos urbanos suelen tener una altura libre al suelo de entre 30 y 40 centímetros, mientras que los raudales superan con facilidad los 50 centímetros. De esta manera, componentes críticos, como los sensores del cigüeñal, quedan completamente expuestos.

Asimismo, Ayala hace hincapié en la falta de mantenimiento preventivo y en el descuido de pequeñas piezas fundamentales, como las “galletas” o los plásticos desviadores de agua que van debajo del motor. Cuando estos protectores se desprenden por golpes en la vía pública y no son reemplazados, el agua salpica directamente el cableado y los componentes electrónicos. En los vehículos importados usados, que ingresan vía Chile, la situación se agrava si la protección inferior quedó dañada tras el cambio de volante o si el cableado se encuentra muy pegado al piso.

Cuando el motor se destruye

El escenario más grave ocurre cuando el agua ingresa al sistema de admisión y alcanza los cilindros. Al ser un líquido, el agua no puede comprimirse durante el ciclo de combustión. Esto genera una fuerza brutal que tuerce o rompe de manera instantánea los componentes internos del motor.

“Normalmente tuerce los brazos de diésel, que trabajan constantemente a alta velocidad, y, con la compresión dentro del motor, el agua no se comprime: rompe, tuerce y traba el motor”.

Este problema no discrimina entre tipos de vehículos. Muchos conductores de camionetas 4x4 o de vehículos altos actúan con exceso de confianza, pero, si las mangueras o los ductos de aire tienen fisuras, la corriente puede hacer que el sistema succione agua e inutilice por completo el motor, sin importar si es naftero o diésel.

Reparaciones complejas y el valor de la prudencia

A diferencia de los modelos antiguos —en los que bastaba con secar manualmente el distribuidor para continuar el viaje—, los automóviles modernos son sistemas totalmente sellados y compactos, llenos de sensores interconectados, desde la computadora principal o ECU hasta el sistema de airbags. Si el vehículo se apaga en medio del raudal, requerirá sí o sí una intervención técnica para secar y limpiar los conectores, además de reiniciar todo el sistema electrónico.

Más allá del daño material, el mecánico insiste en que la mejor decisión ante una tormenta es la prevención: buscar vías alternativas, estacionar en un lugar resguardado o esperar a que la correntada disminuya.

“Yo creo que lo importante es que la gente tome conciencia y no intente cruzar los raudales solo porque su vehículo es nuevo o porque es alto”, finalizó.

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