Para Gilges, los eventos de la vida son apenas el punto de partida. “La vida no es lo que nos pasa, sino lo que decidimos contarnos sobre lo que nos pasa. Los eventos son simplemente materia prima; son mármol bruto, a veces frío y pesado, que llega a nuestras manos sin previo aviso. Pero la vida, la verdadera vida, es la escultura que decidimos tallar con esos eventos. Porque, al final del día, serás tan feliz como insistas, y esa insistencia empieza por el relato que construís”.
Su mirada se nutre de experiencias personales que la llevaron a comprender que la resiliencia no es un acto espontáneo, sino un trabajo artesanal que comienza en la narrativa interna. “Somos tan felices como insistamos”, sostuvo, y esa insistencia empieza por la forma en que elegimos contar nuestra propia historia.
La autora reconoció que el coaching solo cobra sentido cuando puede aplicarse en la vida real. “Las herramientas por sí solas pueden ser frías; por eso, las envuelvo en los relatos de mi propia vida. No te hablo desde un pedestal de perfección, sino desde la experiencia de quien ha tenido que usar esas mismas herramientas para sanar y avanzar. Te abro las puertas de mi historia personal porque estoy convencida de que aprender a sentir es la mejor forma de aprender a vivir. Cuando ves que yo pude cruzar ese puente, entendés que el puente es real y que vos también tenés lo necesario para transitarlo”, dijo.
“Mi trabajo, como decía mi hija cuando era chiquita, es ‘hacer felices a las personas’, ayudándoles a despejar el ruido para que puedan conectar con lo que de verdad importa”, agregó Gisela.
En un tiempo donde la fortaleza suele confundirse con la apariencia de invulnerabilidad, Gilges rompe el molde. Para ella, la valentía nace del permiso de sentir. “La sensibilidad no es una debilidad, es nuestro mayor superpoder”, indicó. Ser vulnerable implica decir “esto me duele”, “esto me importa”, y animarse a habitar las grietas en lugar de disimularlas.
La vulnerabilidad, explicó, no es un riesgo: es un puente directo hacia la conexión humana y la autenticidad. Solo quien se permite sentir plenamente puede encontrarse con su esencia, sin disfraz ni filtro.
Otro de los pilares de su trabajo es la transformación consciente. No basta con desear una vida distinta; hace falta la decisión sostenida en el tiempo de incomodarse, de mirar hacia adentro y de desatar nudos que muchas veces arrastramos por años. Para Gilges, el miedo no es un obstáculo, sino un indicador. “Donde está el miedo, muchas veces está el camino”, afirmó.
Su llamado es dejar de ser espectadores de nuestras propias crisis y convertirnos en arquitectos de nuestro bienestar. Recuperar la llave de una vida más coherente entre la mente y el alma. “La transformación no sucede por arte de magia, sino por decisiones sostenidas en el tiempo. A veces nos acostumbramos a vivir en modo ‘supervivencia’, cargando con deudas energéticas y vínculos que nos desgastan, sin darnos cuenta de que nosotros somos los dueños de la llave. Es elegir, una y otra vez, la versión de vos que no se conforma con el ruido del mundo, sino que busca el silencio de su propia verdad”, enfatizó.
En la era de la inmediatez, propuso como concepto la Biopausia: una pausa consciente que funciona como un acto de amor propio. “La Biopausia no es solo un freno de emergencia; es el poder transformador de detenerse antes de que la vida te frene sola. Es ese breve espacio entre lo que nos sucede y nuestra reacción donde reside nuestra verdadera libertad”, detalló.
Gilges cree profundamente en la sincronía de las búsquedas. Nada es casual: las personas coinciden cuando vibran en una misma frecuencia. Su trabajo consiste en ayudar a despejar el ruido para que cada uno pueda conectar con lo esencial: el amor, el sentido y la verdad interior.
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