Ambos vienen del mundo creativo y desde ahí construyeron, casi sin proponérselo, un proyecto que hoy en día cumple 16 años. Al inicio, el emprendimiento fue un experimento con accesorios de tela hechos a mano, producidos de manera artesanal y vendidos a pequeña escala. No había una idea clara de “empresa”, sino la necesidad de crear, probar y responder a los pedidos que iban llegando.
El crecimiento fue orgánico, casi silencioso. Mientras Patricia se encargaba del trabajo operativo y creativo, su pareja asumía la parte gráfica, la fotografía y la comunicación visual. Una dupla que sigue vigente hasta hoy y que explica, en gran parte, la coherencia estética de la marca. Entendieron muy temprano la importancia de mostrarse: comenzó en tiempos de Orkut, cuando las redes sociales eran más intuitivas y el boca en boca digital empezaba a tomar forma.
Con el paso del tiempo, el negocio fue evolucionando. Además de la venta directa al público, el emprendimiento desarrolló una línea fuerte de regalos corporativos y empresariales. Mochilas, bolsos y accesorios personalizados se convirtieron en obsequios para empleados, acciones de fin de año y campañas internas de empresas. Durante varios períodos, ese trabajo absorbió gran parte de la energía del taller, relegando un poco la visibilidad de la marca propia en redes.
Sin embargo, Cuak de patito nunca dejó de ser auténtico. Sus productos siempre se vendieron con identidad, con marca visible y con un estándar de calidad que construyó confianza. Cada pieza se fabrica desde cero en el taller: el tejido blanco, los estampados, el diseño y la confección. Nada se compra terminado. Todo se crea y se adapta, incluso a pedido del cliente, que puede combinar estampados y modelos según su gusto.
Si bien la marca es reconocida por mochilas, loncheras, billeteras, cartucheras y portanotebooks —productos que llevan incluso nombres propios como la “Mochila Aventurera”, en los últimos tiempos hubo un producto que conectó a Cuak con un público nuevo: las almohadas personalizadas de mascotas.
Cada almohada se realiza a partir de la foto real del animal. No hay modelos genéricos. Y ahí aparece la parte más emocional del emprendimiento. Muchas de estas almohadas no son solo objetos decorativos, sino recuerdos, homenajes y formas de mantener cerca a una mascota que ya no está o de inmortalizar a un compañero de años. Cada pedido trae una historia, y leer esos mensajes se volvió parte del trabajo cotidiano del taller.
Los precios acompañan la lógica artesanal: los productos arrancan desde los G. 35.000, mientras que mochilas pueden ir de G. 255.000 a G. 450.000, según tamaño y complejidad. Las almohadas personalizadas oscilan entre G. 100.000 y G. 140.000.
Cuak! de Patito es, en esencia, una marca construida sin apuro, con coherencia y con una premisa de hacer bien lo que se hace, escuchar al cliente y evolucionar con él. Dieciséis años después, sigue siendo un emprendimiento donde el diseño no es solo estética, sino vínculo, memoria y oficio.
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