El país cierra el primer trimestre de 2026 con una tasa de desocupación del 3,6%, la más baja desde que se mide este indicador, y una fuerza laboral que supera las 3.400.000 personas, con 242.000 nuevos puestos de trabajo generados en lo que va del gobierno de Santiago Peña, según cifras oficiales.
El contraste con aquellos meses de incertidumbre sanitaria y parálisis productiva no podría ser más marcado. Los organismos multilaterales destacan hoy a Paraguay como una de las economías con mejor desempeño relativo en la región. Las proyecciones del Banco Central del Paraguay apuntan a un crecimiento del 4,2% para este año, mientras que estimaciones internacionales lo elevan hasta el 4,5%, muy por encima del promedio latinoamericano.
Esta recuperación no es fruto de la casualidad, sino de una arquitectura institucional que supo combinar disciplina fiscal, credibilidad monetaria y apertura a la inversión privada.
En el frente macroeconómico, los cimientos se mostraron sólidos. La inflación cerró 2024 en 3,8%, por debajo de la meta del 4%, y el régimen de metas mantiene su ancla en 3,5% para este año. La deuda pública, cercana al 40% del PIB, se mantiene en niveles manejables para un país emergente, gracias a la Ley de Responsabilidad Fiscal, que fija un techo de déficit de 1,5% para la Administración Central.
Este marco de reglas claras permitió que Moody’s otorgara el grado de inversión (Baa3) y que S&P confirmara en diciembre la calificación BBB- con perspectiva estable.
Pero quizás el dato más elocuente de esta travesía de seis años se encuentra en el mercado laboral. Las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística revelan que el empleo asalariado privado alcanzará este año un récord histórico de 1.460.000 personas. Se trata de puestos con salario mensual, aportes al IPS, cobertura médica y acceso a jubilación, una combinación que contrasta radicalmente con la precarización que dejó la pandemia.
El sector industrial emerge como el principal motor de esta formalización, al concentrar la mayor proporción de trabajadores con protección social y contratos estables. Grandes proyectos como la planta de celulosa Paracel, que moviliza inversiones por hasta US$ 5.000 millones, o la planta de fertilizantes verdes en Villeta, con US$ 630 millones, están generando empleo en construcción, demanda de servicios, capacitación y encadenamientos productivos.
La informalidad laboral, que en pandemia llegó al 75%, hoy ronda el 62,5%, según datos del Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles, una cifra que aún supera ampliamente el promedio regional del 54,6% y que coloca a Paraguay entre los cuatro países con mayor precariedad laboral de Sudamérica, según la Organización Internacional del Trabajo.
El caso más crítico sigue siendo el empleo doméstico, donde nueve de cada diez trabajadores permanecen fuera del sistema formal, una realidad que expone la profundidad del desafío estructural.
En este sexto aniversario del inicio de la pandemia, la economía paraguaya presenta una paradoja: estabilidad que pocos países de la región pueden exhibir, pero el desafío de que ese crecimiento se traduzca en empleo de calidad, formalización sostenida y reducción de la desigualdad.
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