Gerhard Yorg, CEO de Pomelero, explicó que uno de los errores más comunes es pensar que la mosca se controla exclusivamente con insecticidas. “La mosca no aparece porque sí; se dan las condiciones para que ataque”, señaló. Entre los factores más frecuentes figuran suelos empobrecidos, árboles sin poda y plantas debilitadas que pierden su capacidad natural de defensa.
El primer punto de prevención está en el manejo del suelo. Un frutal bien nutrido desarrolla una floración equilibrada y frutos más firmes, menos atractivos para la oviposición de la mosca. Cuando el suelo no recibe los nutrientes necesarios, la planta entra en estrés y se vuelve más vulnerable. En ese escenario, la plaga encuentra el ambiente ideal para desarrollarse.
Otro aspecto clave es la poda. En Paraguay, muchos frutales crecen sin intervención durante años, generando plantas demasiado grandes y frondosas. Esto provoca una mala circulación de aire y menor entrada de luz solar, dos condiciones que favorecen la presencia de insectos. “Una poda correcta airea la copa, mejora la sanidad del árbol y reduce los ambientes propicios para la mosca”, explicó Yorg.
A diferencia de otras plagas, la mosca de la fruta no tiene un control químico definitivo. Las aplicaciones pueden disminuir su incidencia, pero no eliminarla por completo. Por eso, el enfoque más eficiente es el manejo integrado, que combina prácticas culturales con métodos preventivos de bajo costo.
Entre estos métodos se destacan las trampas biológicas, una herramienta simple y accesible para productores de todos los tamaños. Una de las más utilizadas consiste en botellas plásticas con melaza o vinagre. Al fermentar, estos líquidos desprenden un olor que atrae a la mosca, que ingresa al envase y queda atrapada. De esta manera, se reduce la población adulta y se corta el ciclo reproductivo.
También se emplean trampas visuales, aprovechando que ciertos colores atraen distintos tipos de moscas. El amarillo, por ejemplo, resulta especialmente efectivo. Colocar telas o plásticos de ese color, impregnados con aceite, cerca de los árboles permite capturar insectos sin recurrir a productos químicos. “No se trata de erradicar la plaga, sino de bajar la presión”, aclaró Yorg.
La higiene del cultivo completa el esquema de prevención. Retirar los frutos dañados o caídos al suelo evita que se conviertan en focos de reproducción. La cosecha oportuna, además, reduce el tiempo de exposición del fruto al ataque de la mosca, especialmente en las variedades más sensibles.
Desde una mirada de negocio, este enfoque tiene ventajas claras. Menos químicos implica menores costos, menor riesgo de residuos y mayor alineación con las exigencias de consumidores y mercados que priorizan prácticas sostenibles. Para los productores que apuntan a industrializar o exportar, estas variables son cada vez más determinantes.
“La mosca de la fruta no se combate con una sola herramienta”, resumió Yorg. “Se controla trabajando el suelo, manejando bien el árbol y aplicando trampas”. En un contexto en el que la rentabilidad frutícola depende tanto del rendimiento como de la calidad, entender que la prevención empieza en el manejo agronómico puede marcar la diferencia entre perder producción o transformarla en un negocio sostenible.
Tu opinión enriquece este artículo: