“La primera cosa que hay que hacer es analizar si conviene o no reparar esa pieza”, señala Centurión. Y ese análisis, aclara, no es técnico solamente ya que, está ligado al presupuesto, al tiempo y al uso que la persona necesita darle a su vehículo.
Uno de los errores más comunes es el abuso de la masilla, pero para Moisés, el problema no es la masilla en sí, sino cómo y cuánto se usa.
“Si vos manejás un bajo presupuesto, necesariamente vas a usar masilla, pero en abundancia”, explica. En cambio, cuando el presupuesto es más alto, “lo mejor sería cambiar la pieza”. No se trata de sere “cambia pieza”, aclara, sino de que el trabajo quede bien y no genere reclamos futuros. “Eso es pérdida de tiempo, y la pérdida de tiempo es pérdida de dinero”.
El oficio detrás del buen resultado
En la chapería bien hecha, la masilla cumple un rol secundario. “Lo primero que se hace al recuperar una pieza es chapear”, explica. Chapear significa devolverle a la chapa su forma original. Sin embargo, ese proceso artesanal deja pequeñas ondulaciones inevitables. “Esas pequeñas ondulaciones son las que tenés que hacer desaparecer con masilla”, precisa.
El problema aparece cuando se saltea el trabajo previo. “Si no chapeas una superficie, y le das molde con masilla, vas a usar dos kilos de masilla y no vas a estar chapeando”, advierte. Ahí es donde comienzan los inconvenientes a mediano plazo.
La masilla, explica Centurión, es un producto bicomponente que utiliza catalizador para endurecer. “Todos los que son bicomponentes se rompen porque tienen catalizador con el tiempo”, afirma. Por eso, golpes, vibraciones o simples movimientos (como abrir y cerrar un capó) pueden terminar generando fisuras.
A esto se suma otro error frecuente, el de acelerar el secado. “Con este calor máximo no le podés poner cinco gotas de catalizador a cien gramos de masilla, y cinco ya es muchísimo”, señala. El apuro, una vez más, conspira contra la durabilidad.
Tiempo vs. dinero: una ecuación clave
En el negocio de la chapería y pintura, el tiempo pesa tanto como el costo. “La pintura se hace en dos horas, pero reparar y preparar una superficie puede llevar tres o cuatro días”, detalla. Esa diferencia muchas veces no es comprendida por el cliente, que necesita el vehículo de manera urgente.
En esos casos, Centurión aclara que, “Si tan apurado estás por tu vehículo, lo mejor que podés hacer es cambiar esa pieza”. El motivo es que todos ganan tiempo. El cliente recupera antes su auto y el taller puede liberar espacio y generar ingresos más rápido.
Incluso, desde lo económico, la diferencia puede ser mínima. “Reparar una puerta te puede salir 500 mil guaraníes, y comprar una nueva 550 mil”, ejemplifica. “Cincuenta mil es lo que estás perdiendo ahí, pero estás ganando tiempo”.
Para quienes dependen del auto como único medio de transporte, la ecuación cambia. “Mientras más rápido tenés tu auto, más rápido le das utilidad. Y mientras más rápido sale un auto del taller, más rápido hay ingresos”, resume.
Una decisión que va más allá del taller
Desde Moi Garage, en Yaguarón, Moisés Centurión pone el foco en entender que la chapería es una combinación de oficio, paciencia y decisiones inteligentes. Apurar procesos o abaratar de más puede funcionar en el corto plazo, pero casi siempre pasa factura después.
“El tiempo y el dinero juegan un factor fundamental”, insiste. Y en un rubro donde la calidad no se disimula, elegir bien cómo reparar (o cuándo cambiar la pieza) puede marcar la diferencia entre un arreglo que dura años y uno que vuelve al taller en pocos meses.
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