Fernández es artista visual, ilustradora y licenciada en Diseño Industrial, con mención en Diseño Gráfico. Se formó, además, de manera autodidacta en ilustración narrativa digital y actualmente trabaja como redactora creativa en publicidad, una fusión que le permite moverse entre el dibujo, la escritura y la construcción de conceptos.
Su vínculo con el arte comenzó desde chiquita, cuando dibujar y pintar ya formaban parte de su vida. Ahora, aunque continúa pintando, encontró en la ilustración una herramienta para contar historias y construir universos visuales. También desarrolló trabajos vinculados a la narrativa visual, la memoria y el territorio, además de participar en proyectos colectivos y exposiciones.
Entre sus trabajos recuerda especialmente “Miradas Ecofeministas”, una muestra colectiva realizada en el Centro Cultural Juan de Salazar, y “Mujeres en Movimiento: retratos del presente, comunidades del futuro”, junto a Fundación Capital. También participó en proyectos de comunicación visual e ilustración para iniciativas institucionales; entre ellos, una colaboración artística para la campaña de ASU 2025.
Pero su trabajo también se encuentra con uno de los grandes debates actuales de la industria creativa: la inteligencia artificial.
“Si ahora producir una pieza linda se volvió muy fácil por la IA, el valor del diseño ya no está en cómo ejecutar, sino que está en el concepto, en el criterio, en el proceso, en el pienso que tienen los creativos”, sostiene.
Desde su perspectiva, la enorme cantidad de imágenes que circulan diariamente está generando una especie de saturación visual. Y, paradójicamente, eso puede hacer que las personas vuelvan a valorar aquello que diferencia a una pieza creada por una persona: su intención, su proceso y su historia.
Fernández considera que las marcas están comenzando a darle nuevamente un espacio importante a la ilustración y al trabajo artesanal. Observa esta tendencia incluso en grandes campañas internacionales, donde la ilustración funciona como una forma de construir identidad y diferenciarse en un ecosistema cada vez más lleno de imágenes generadas digitalmente.
La ilustración no compite necesariamente con la tecnología, sino que puede encontrar un nuevo lugar dentro de ella. Para la creativa, la herramienta puede cambiar, pero la capacidad de observar, interpretar y construir una idea sigue siendo humana.
Ponerle precio a una idea
Otro de los temas que Fernández considera necesario discutir dentro de la industria es el valor económico del trabajo de los ilustradores.
“Me encantaría que se hable más, porque al fin y al cabo es algo que nos ayuda dentro del mercado como artistas para no regalar o no estar robando también”, explica.
Los precios, señala, dependen de variables como la cantidad de trabajo, el nivel de detalle, el tiempo requerido y también el tipo de cliente. No es lo mismo trabajar para una persona independiente que para una gran compañía, por lo que la tarifa puede adaptarse a cada proyecto.
En su caso, establece un mínimo de G. 500.000 por pedido, aunque los trabajos pueden organizarse en paquetes y variar dependiendo de la complejidad. Una ilustración lineal, por ejemplo, no implica el mismo proceso que una pieza con mayor nivel de detalle.
La discusión, para ella, también tiene que ver con profesionalizar una disciplina que muchas veces es percibida simplemente como “dibujar”, cuando detrás existe formación, investigación, tiempo y una construcción conceptual.
Del mundo publicitario a la flora paraguaya
Ahora, mientras continúa desarrollándose profesionalmente en publicidad, Fernández está abriendo una nueva línea de investigación: la ilustración botánica y científica.
Recientemente comenzó a trabajar en un herbario junto a la botánica Fátima Mereles y se prepara para participar por primera vez en una revista científica. El proyecto conecta dos intereses que la acompañan desde hace años: el dibujo y su fascinación por la naturaleza.
Pero su búsqueda va más allá de representar plantas.
Fernández quiere investigar la manera en que Paraguay representa visualmente su propia flora y cuestionar cuánto conocemos realmente de ella a través de imágenes. Considera que existe una falta de archivos visuales sobre la flora nativa y que muchas veces la identidad natural del país queda reducida a símbolos ya conocidos.
“Tenemos esta imagen del lapacho rosado con la chiperita y el campo, que sí es una realidad, pero hay mucho más allá de eso”, plantea.
Su intención es explorar esa complejidad visual que todavía está poco observada y registrada, y evitar que la representación de la naturaleza paraguaya quede limitada a imágenes folclorizadas.
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