Barboza explicó que existen dos fuerzas que impulsan la transformación: “el dolor que empuja” y “la visión que atrae”. El primero es ese sufrimiento que ya no se puede sostener: la ansiedad constante, las relaciones que se repiten dolorosamente, el vacío que ninguna distracción logra llenar. La segunda aparece cuando las personas imaginan una versión de sí mismas más alineada con quienes realmente quieren ser.
El proceso de cambio no siempre es lineal y, muchas veces, las personas llegan buscando alivio momentáneo más que una transformación profunda. Para la psicóloga, ambas motivaciones son válidas. “Acompaño a las personas exactamente donde están, porque muchas veces el alivio momentáneo es la puerta de entrada a transformaciones más profundas”, expresó.
El acompañamiento en psicoterapia también se centra en quienes sienten que “no pueden” o “no merecen” un cambio positivo. Barboza enfatizó la importancia de diferenciar entre los pensamientos limitantes y la identidad de la persona. “No somos lo que pensamos de nosotros mismos. Iniciamos el cambio a través de pequeñas acciones comprometidas; no esperamos a sentirnos merecedores para actuar”. Este enfoque convierte a la acción en motor de transformación, debilitando las creencias limitantes con cada paso.
Sostener un proceso de cambio suele ser más desafiante que comenzarlo. Barboza identificó resistencias comunes, como las “ganancias secundarias”, la ansiedad que protege del riesgo, la culpa generada por patrones familiares repetidos o los conflictos que mantienen distancia emocional. Para superarlas, recomendó que “sostenerse en el cambio es más desafiante que iniciarlo. Hay varias herramientas que se integran. De entrada, es fundamental identificar las posibles resistencias al cambio, luego trabajar en generar nuevos recursos y entrenar formas de pensar y actuar que ayuden a sostener los progresos”.
En esa línea, las herramientas incluyen autocompasión, claridad de valores, registro de conciencia, red de apoyo, práctica del perdón y flexibilidad psicológica. “La valentía no es ausencia de miedo, sino atreverse a ser el adulto que nuestro niño interior necesitó”, subrayó.
El contexto digital añade una complejidad adicional. “Nunca tuvimos tantas herramientas para crecer, pero también tanta dificultad para sostener procesos genuinos. La velocidad digital genera una presión constante que choca con los tiempos internos del procesamiento emocional, que son necesariamente lentos”, reflexionó. La psicóloga advirtió sobre los riesgos de consumir contenido motivacional de manera pasiva: “Leer sobre mindfulness no es practicarlo; necesitamos pausas analógicas para procesar quiénes somos”.
Esta realidad también impacta en la identidad y la vocación profesional. La rápida evolución tecnológica provoca que muchas personas sientan que sus habilidades y roles quedan obsoletos, generando crisis profundas de autodefinición. “Si esto que me definía ya no sirve, ¿quién soy ahora?”, se preguntan. La comparación constante en redes sociales y la integración difusa entre trabajo y vida personal amplifican la sensación de insuficiencia, mientras que la inteligencia artificial añade otra capa de desafío: “¿En qué soy realmente bueno si la IA lo hace más rápido y mejor que yo?”.
Para Barboza, estas crisis son oportunidades para resignificar la identidad y alinear la vida con valores auténticos. La psicoterapia ofrece herramientas para soltar roles que ya no sirven, reconocer fortalezas humanas insustituibles y encontrar un propósito vocacional genuino. “A veces, perder lo que creíamos ser es el camino para descubrir quiénes somos realmente”, concluyó.
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